Pero nunca aburrido

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En calidad de futuro fusilado creo tener derecho a decir que las expectativas que atesoraba de joven han mermado mucho e inexplicablemente, y mucho antes de lo esperado por culpa, ni más ni menos, que del mismísimo rey de España. Entre aquella época y esta transcurrió mi vida, construida en la periferia de un balazo. ¡Vaya forma de vivir!

Aún así, entiendo (y prefiero) que no esté (su majestad) para ocuparse de los desvaríos de cuatro carcamales en una red social, por mucho que algunos finjan rasgarse las vestiduras (como si no conociesen al paisanaje) y hablen de «presunto» delito de odio.

No me parece a mí que cometiesen los «batallitas», los «bocachanclas») algún delito, sin embargo.

— De odio.
— ¿Y desde cuando odiar es delito?
— Hay una ley.
— Que dice que primero tienes que cometer un delito cuyo móvil sea el odio; un delito de odio es como un delito económico: un delito que se comete en un contexto que, de resultar significativamente amenazado, lo distinguirá de otros como el doctor a un paciente de sarampión de una boina. Pero odiar no es un delito: no sólo sería redundante, sería estúpido. Odio a a gente a la que sin embargo nunca les infligiría un daño físico, moral, económico o psicológico…

Sí me preocupa, sin embargo, que la ciudadanía pueda llegar a creer que nuestro rey es franquista o algo así. Me preocupa mucho.

— Buen punto.

El gato Pangur se ha pasado toda la mañana mirando por la ventana, pero ha dicho eso, se ha levantado y se ha ido. Está intentando integrar cosas que escucha o ve en la televisión en mejorar sus habilidades comunicativas.

Cuando la única forma de responder a tu oponente es el insulto, la amenaza o la intimidación o tienes un oponente muy cerril o tú mismo eres muy cerril. No deberían de ser un método respetable, no se merecen la misma atención que el respeto y la argumentación en un lugar al que la gente acude para entenderse.

Y ni merecen atención ni respeto, efectivamente, pues el insulto (si es público) y aún más la amenaza o la intimidación, como el abuso de poder o la prevaricación (aún la administrativa y omisiva), son delito.

Nos quedamos oyendo resonar dos palabras: «público» y «delito» y empezamos a diseñar cuestionarios basados en ¿Tiene sentido hacer pública una manifestación privada para condenarla? La telearaña (sic) tejiéndose en torno a a la victima, a su tiempo.

Cómo si nos diésemos cuenta de de que todo esto va de otra cosa, podríamos pedir que el rey hiciese un gesto que lo desligue de pasados y oscuros compromisos, un gesto nuestro; pero a cambio nos pedirían lo de siempre porque todo esto va de pobres, ricos, gobierno, oposición y monarquía (no ejército). Pedirle cuentas al rey no es una buena idea.

Pangur ha vuelto a entrar, va directamente a un estante de la librería y saca un libro. Lee:

— Durante algún tiempo quise obsequiarle a mi cabeza una especie de escudo de armas emocional, un emblema con su figura, su orla y su leyenda, pero me detuvo la cuestión de la directriz moral característica de una estirpe que ésta última debiera transmitir obligatoriamente. Pensé en muchas verdades sobre mí que a un tiempo sirvieran a la solución germinal, al alienado eslabón y al humilde escarbillo que todos llevamos dentro, susceptibles de ser perpetuadas o advertidas en un tejido inconsútil, refundador, hasta que di con una: «Triste, triste; pero nunca aburrido».

Se queda pensando (Pangur) en lo que sea que signifique eso tan poético para él mientras yo, que no necesito esta sobre-exposición a la que se me somete desde los medios con respecto a comportamientos más que comunes y, desde luego, mucho menos importantes, no dejo de preguntarme cómo es posible que un político de cuarta condene a una comarca entera a ser la cocina del infierno y que el plato fuerte sean media docena de viejos burros con menos inteligencia que hambre.

A lo mejor es que unas cosas tienen arreglo y otras no. Eso lo deciden los adalides de la recuperación económica, que tras asociarse y reunirse concluyen que gobernar no resuelve problemas, los hace desparecer de los libros, y que la destrucción del patrimonio natural berciano es un oportunidad de negocio redondo a la que sólo un fanático comunista-nacional-descerebrado podría poner objeciones.

Sin motivo alguno he vuelto a ver «O que arde» (de Oliver Laxe) y he encontrado a un director más maduro que el de mi primera vez, como si creciéramos juntos a través de la película. Me pregunto si Amador, el pirómano, e Inazio, el hostelero, no serán hermanos. Me pregunto si no habrá cierto subterfugio cainita bajo (nótese la maldad de usar esta preposición) la historia de desengaño que narra. Pero es uno de esos pensamientos que no se puede desentrañar en público sin violar el derecho de la obra a decir lo que dice y no lo que tú crees que dice, a construirse alrededor de la insignificancia como la leña alrededor del fuego.

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