Novelas legibles

Ese lector al que servidor quiere tanto lleva tiempo pidiéndole que vuelva a publicar una lista de recomendaciones de lectura que, tras el parón veraniego sufrido por estas páginas, había desaparecido junto a otros contenidos por causas en absoluto ajenas a la voluntad de quien firma. La lista lo era de novelas peculiares; si no raras, sí de esas con las que un neófito (o a un aficionado sin grandes pretensiones) podría no llegar a toparse nunca cara a cara. Se advertía entonces que la misma no pretendía ser valorativa, y tampoco (ni mucho menos) exhaustiva. De hecho faltan en ella todas esas obras por las que no es (o no debería ser) preciso preguntar, además de otras, y puede que sobre alguna. Servidor ha ido demorando el momento de publicarla de nuevo precisamente por su arbitrariedad, que la convierte en poco más que una relación a vuelapluma de deslumbramientos personales, manías de un lector demasiado dado a entretenerse en los recodos del camino, pero ahora que los italianos han publicado una de libros ilegibles (véase Italia publica la lista de los libros imposibles de leer) no encuentra motivo alguno para avergonzarse por su impostura, de modo que ahí va.

  • Vidas y opiniones del caballero Tristram Shandy, Laurence Sterne.
  • El manuscrito encontrado en Zaragoza, Jean Potocki.
  • El diablo en el cuerpo, Raymond Radiguet.
  • La piedad peligrosa, Stefan Zweig.
  • La muerte en Venecia, Thomas Mann.
  • La muerte de Iván Ilich, León Tolstoy.
  • La habitación enorme, E.E. Cummings.
  • La otra parte, Alfred Kubin.
  • El maleficio, Jean Lorrain.
  • Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
  • Elogiemos ahora a hombres famosos, James Agee.
  • La vaca, Beat Sterchi.
  • El desierto de los tártaros, Dino Buzzati.
  • La modificación, Michel Butor.
  • Siempre somos demasiado buenos con las mujeres, Raymond Queneau.
  • Locus Solus, Raymond Roussel.
  • Los Sertones, Euclides Da Cunha.
  • Mientras agonizo, William Faulkner.
  • Los idus de marzo, Thornton Wilder.
  • La muerte de Virgilio, Hermann Broch.
  • Un árbol de noche, Truman Capote.
  • Confabulario definitivo, Juan José Arreola.
  • Paradiso, José Lezama Lima.
  • Gran Sertón Veredas, Joao Guimaraes Rosa.
  • Las ciudades del mundo, Elio Vittorini.
  • Las amistades peligrosas, Choderlos de Laclos.
  • Homewwod blues, John Edgar Wideman.
  • El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
  • La piedra imán, Jaime Sáenz.
  • Palinuro de México, Fernando del Paso.
  • Filtro de amor, Louise Erdrich.
  • El usurpador, Siegfried Lenz.
  • Miss Lonelyhearts, Nathanael West.
  • Numa, Juan Benet.
  • El buen soldado, Ford Madox Ford.
  • Adiós a todo eso, Robert Graves.
  • Escuela De mandarines, Miguel Espinosa.
  • Adriano VII, Barón Corvo.
  • Viaje de estudios, Menchu Gutiérrez.
  • El gran Meaulnes, Alain Fournier.
  • Pedro páramo, Juan Rulfo.
  • La noche en casa, José Mª Guelbenzu.
  • La señorita B, Ramón Nieto.
  • El gran miedo en la montaña, Charles Ferdinand Ramuz
  • Flores de plomo, Juan Eduardo Zúñiga.
  • En los tiempos de la reina de Persia, Johan Chase.
  • Avalovara, Osman Lins.
  • Réquiem, Jaroslav Durych.
  • El mal oscuro, Giuseppe Berto.
  • Las ciudades del Mundo, Elio Vitorini.
  • René Leys, Ví­ctor Segalen.
  • En busca del barón Corvo, A.J.A. Symons.
  • El miedo del portero al penalti, Peter Hanke.
  • Tala, Thomas Bernhard.
  • Jacob von Gunten, Martin Walser.
  • La obra de arte desconocida, Honoré de Balzac.
  • El regreso del soldado, Rebeca West.
  • El gran cuaderno, Agota Kristof.
  • Carta de Lord Chandos, Hugo von Hofmmansthall.
  • La carroza carmesí­, Gyula Krúdy.
  • Mozart, camino de Praga, Eduard Mörike.
  • La vida breve, Juan Carlos Onetti
  • Rumbo a peor, Samuel Beckett
  • El siglo de las luces, Alejo Carpentier
  • En el camino, Jack Kerouac
  • Vathek, William Beckford of Fonthill
  • La nave de los muertos, B. Traven

Por cierto que lo de los italianos es un disparate. Con decir que incluyen Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, pero no Paradiso de José Lezama Lima está dicho todo (que de Lezama Lima no han oído ni hablar, por ejemplo). Y es que hasta para suponer que un libro es ilegible, hay que saber muy bien de qué se habla (¿o a quién?). No habían hecho una tontería más grande en la península vecina desde que el Vaticano intentó beatificar por error a un republicano de Tarragona. Bueno, sí.

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