Hecatónquiros

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Hay que ver con quien se juntan, llenos de dobleces, hay que ver esas caras, empastadas de máscaras superpuestas elaboradas con una clase de trigo con la que es muy fácil separar el grano de la paja: el grano para ellos, la paja para ti.

Padres e hijos del mal mayor, de la escasez de la mayoría. Ladrones, arribistas, sanguinarios, abusones pagados de sí mismos: mentirosos. Encantados de haberse conocido, porque Dios les sonríe.

Vestir de democracia, de libertad, de constitucionalismo, de traje civilizado, de santidad el deseo mafioso y las vergüenzas de los elementales, hecatónquiros.

100 brazos, 50 caras.

Ladrones o descendientes de ladrones. Seguros (no conversos) de que nadie les ha regalado nada, de que se lo han ganado con el sudor vicario de su arrogancia. Demasiado longevos y poderosos para enfrentarlos con promesas, con breves configuraciones legales. Victoriosos por cuna o por cartera. No es lo mismo ganar que merecer. Padres de ladrones, maestros de ladrones, de emprendedores.

Piratas y, en consecuencia, herederos de una tradición secular, culta, homérica, incontestable. Ética entre iguales, democracia entre pares. Hombres adinerados, blancos, occidentales. Parece que la Historia les sonríe también.

Nosotros, sin embargo, seguiremos atados al cero coma, difuminando la justicia en el mercado como el sexo en el género, reivindicando el derecho de decirle simplezas al simple y defendiendo una educación que nos condena a no infligirles daño, a admirarles incluso.

No se le puede ganar una partida de cartas a un centímano, ni leer una máscara, ni atacar a quien vive de tu esperanza o, peor, de tu realismo.

Hay que contraatacar. Hay que usar el poder para repartirlo. Hay que darle a los pobres posibilidades reales, cosas que sirvan, rápido, pronto y para siempre. No pensamiento, granero.

Nuestro enemigo no es el enemigo del pueblo mientras nos sentemos a su mesa. No le hemos dado al pueblo nada que realmente tema perder, además. O entendemos eso, o somos una triste caricatura de la lucha final.

O entendemos eso o no seremos iguales los pobres y los ricos ni ante la muerte. La muerte –y la debacle climática lo corrobora sin réplica posible– es de derechas, blanca, cristiana, occidental, masculina.

Contraatacar no es atacar, es resistir, envolver, conservar, retroceder incluso hasta la victoria. Derecho.

Doblaron una página de la historia una vez, y no pasó nada que les afectase. Dos veces, tres, cuatro, cinco. Si la doblasen treinta y… tendría la anchura del sol, sería más fuerte que el forzudo mismo que la doblara, que el sistema mismo, que el sol mismo, que el universo mismo.

Pero su fuerza no ocultaría su falsedad. Fuerza no es razón, fortuna no es acierto. Signo no es verdad.

Hay que desdoblar ese folio repetitivo, atascado, inmediatamente, y plancharlo hasta dejarlo impecable en el tendedero; desdoblar y airear, leer despacio y con muchísima atención la peor página de nuestra historia y ponerla en su sitio, al sol de nuestro infortunio, lo más lejos posible de los altares, por muy antigua que sea, por muy sagrada que sea, y pasar a la siguiente y dejar a los hecatónquiros disfrutar (como disfruta servidor de Homero) de un capítulo muerto y enterrado muchos folios atrás. La cultura es eterna y estática en su utilidad, pero no es ley de vida: la vida es ley en su objeto y sus páginas, como pétalos, sucesivas, crecientes, fatales, victoriosas, no las impone nadie.

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