220 metros + Pi

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Me da pereza, tras mi última experiencia con Telefónica en asuntos tales, pero como Raquel quiere que nos conectemos vía teleconferencia con la familia de Madrid, incluso con el mundo, solicité la instalación de fibra óptica que, por fin, llegaba a Magaz de Abajo; por eso y porque no quiero que las cosas dejen de importarme, o sea: porque no me quiero hacer viejo. En la tienda, una en exceso simpática dependienta sacó unos papeles y me informó de que la cosa serían unos 80 euros al mes.

— ¿Qué cosa?
— Fibra, dos lineas de móvil con llamadas ilimitadas y movistar+ Inicia.
— Pero yo no quiero eso. Quiero fibra, una línea de móvil ilimitada y otra corriente y moliente. Tampoco quiero lo de la tele.

Lo de la tele es obligatorio, según parece (aunque dudo mucho que sea del todo legal). Aún así, la cosa se queda en 54 euros. Vale. Me cambiarán el «aparatito» (así lo llama la dependienta, que ha decidido que, por mi edad, y porque se esfuerza en mostrar una empatía totalmente innecesaria, hay palabras que no entenderé) por otro con lo básico, ya que me empeño. Lo que más parece confundirle, como al resto de los «comerciales» de la compañía, es que lo de la tele no me interese lo más mínimo.

— No veo la tele ni no suelo llevar el teléfono encima, tampoco bebo Coca-Cola, ni voy a misa.
— No, no, si es usted muy dueño… Entonces –continúa la dependienta– uno de los móviles bla, bla y movistar+ Cero. Me trae usted aquí el «aparatito» antiguo.
— Ni comulgo con ruedas de molino.
— Le decía que me trae usted el «aparatito» viejo — repite elevando la voz.
— ¿Yo, viejo?
— No, no, el «aparatito» que van a sustituir. Me lo trae usted aquí.
— Ya, en una bolsa de plástico. ¿Y la antena?

En su día pusieron una antena para el plus y cumplir, con calzador, el contrato manteniendo Internet a dos por hora. Nunca la hemos usado.

— No la antena se la retirará un técnico.
— Por si me mato.
— ¿Está conforme?
— No, me parece un abuso… Si va a ir alguien a llevarse la antena, es decir, esa cosa que se pone en el tejado para recibir la señal de esa otra cosa en órbita, o sea dando vueltas a la tierra, bien se puede llevar también el decodificador, «aparatito» en su idioma.

Entonces ocurre algo chocante: la joven se levanta convertida en una ménade furiosa, da varias vueltas sobre sí misma, deja de un golpe los papeles sobre la mesa y grita con una voz de juguete:

— ¡Pues contrátelo usted por teléfono, ya que habla tan bien!

Casi consigue hacerme reír, la verdad. Pero reír me habría conducido a las puertas de una empatía no aconsejable en estos casos. El consumidor no debe nunca perder la perspectiva, sino recordar siempre que quien ha puesto ante uno a esa frágil jovencita inconsciente de su comicidad es el jefe de seguridad de un monopolio sin sentimientos. En ese sentido, todo sea dicho, es cierto que en ciertos casos la comunicación telefónica se vuelve, paradójicamente, más fiable que la física. Un día será más fácil hablarle a una máquina que a una persona normal.

— Tranquilícese, que igualmente voy a firmar. A la fuerza ahorcan.

Por la tarde me llaman para decirme que estarán aquí el lunes entre las 15:00 y las 17.00 horas. Al día siguiente (viernes) llama un técnico que dice que vendrá en unos veinte minutos, a echar un vistazo. Al rato, en efecto, aparece, verifica que todo es posible y cómo hacerlo y me asegura que el lunes por la tarde procederán a realizar la instalación como estaba previsto. Empiezo a pensar que he ascendido de categoría y que, una vez superada la prueba de la ménade, pertenecer al club de la fibra conlleva un trato casi humano.

El lunes por la mañana llaman de Atención al cliente:

— Valore del uno al diez…
— Tres, siendo magnánimo.
— No hemos entendido…

Cuelgo.

Por la tarde llama el técnico para informarme de que no les han servido el cable (de 220 metros) que necesitan y que tendrá que ser el miércoles. También me pide que llame al ayuntamiento (Camponaraya) a ver si pueden desbrozar la margen del camino entre los postes del teléfono. En efecto, algunos arbustos ya son casi árboles desde la última reparación y estorban la seguridad del cableado.

El lunes a primera hora llamo al ayuntamiento, me responden que toman nota y que a ver qué se puede hacer. Advierto que tengo una media docena de llamadas perdidas de Atención al cliente. Devuelvo la primera:

— Actualmente no podemos ofrecerle los niveles de servicio que habitualmente prestamos a nuestros clientes, le rogamos que disculpe las molestias que ello pueda ocasionarle. Si es usted piscis, pulse uno, si no es supersticioso pulse dos…

Me pregunto cuando van a cambiar la locución, porque ese «actualmente» viene durando demasiado tiempo para seguir pasando por le mot juste, y ese «habitualmente» parece más la expresión de un deseo que la añoranza de un pasado realmente existente. Pero lo más desesperante es que en ningún momento «el sistema» me permite comunicarme con Atención al cliente.

El miércoles no viene nadie, así que el jueves a primera hora llamo al técnico. Me informa de que aún no les han servido el cable (sigo estando a 120 metros del primer mundo); puedo llamar al 1004 y poner una queja o esperar al miércoles que viene, a ver si ha llegado.

— Es que nos tienen desabastecidos.
— No se preocupe, esperaré. Luego, si acaso…
— Ya.
— Eso. Gracias.

A estas altura sé de sobra que los técnicos son los que le sacan las castañas del fuego a una compañía por lo demás no muy eficiente, así que aprovecho para preguntarle, de hombre a hombre, si el decodificador lo pueden dejar sin conectar.

— Igual le van a cobrar 60 euros.
— Ah! Secretum secretorum.
— ¿Qué?
— Nada, no se preocupe. Hasta el miércoles entonces.

Me asomo al balcón a ver si hay movimiento por parte del ayuntamiento. Nada. Tengo otra media docena más de llamadas de Atención al cliente.

He trabajado casi toda la mañana en el jardín y he plantado un cornejo en la huerta, por el nieto que acaba de nacer no hace ni diez días; después de comer me echo un rato la siesta. A los tres minutos suena el móvil. Una voz de mujer me informa de que la llamada será grabada, etc… y otra, de hombre, se presenta y empieza a preguntarme algo sobre la baja valoración que he hecho de mi experiencia en la tienda. Le interrumpo:

— Mire, no pueden llamar 24 veces y que no sea posible responderles. Solucionen eso, no informen a medias y no pregunten nada hasta que todo el proceso esté resuelto, todo. Ahora le ruego que me disculpe, pero no necesito ni disculpas ni explicaciones sino fibra, así que voy a comerme media docena de nueces.

Se disculpa y se despide con musical cortesía, pero se lleva el sueño con él así que bajo a la cocina a hacerme un café al que Raquel añade sin levantar la vista de su teléfono unas gotitas de Nordés.

— Leeré la prensa un rato y aprovecharé que no ha llovido para cortar el césped.
— Aaaajá…
— Estaba yendo demasiado bien. — Insisto abriendo un paquete de delicias de Cuéllar.
— Ya –dice Raquel sin dejar de mirar, arrobada, la pantalla del móvil.
— Me voy a comer al perro.
— Aaaajá…

Desde que es abuela, Raquel padece síndrome de negligencia hemiespacial y no atiende a la parte del universo que no contenga fotos de bebés en la pantalla de su móvil. Empieza a llover. El césped tendrá que esperar.

Parece absurdo, pero es el día a día de la España vaciada: los 220 metros y una semana que nos separan del primer mundo resultan ser más difíciles de superar que los cuatrocientos kilómetros que nos separan del nieto; hasta podríamos ir a Madrid y volver antes de que telefónica nos bendiga con su magia.

— ¿Qué has dicho? ¿Cuándo?
— Ahora mismo. ¿Te acuerdas de aquella transferencia que tuvimos que hacer a León por la que el banco cobraba más comisión de lo que hubiese costado llevar en dinero en taxi?

De vuelta, una semana más tarde, satisfecha temporalmente nuestra necesidad de ternura en la ciudad sin COVID ni propósito, retomo el enojoso asunto de la fibra. El pedido ha sido anulado.

— ¿Cómo que anulado?
— Anulado.
— ¿Por qué motivo?
— Técnico.
— ¿Exactamente?
— Cosas técnicas complicadas.
— ¿Fuera de mi alcance intelectual o del suyo?
— …
— ¿Qué causas?
— Cosas…
— Vale. Mire, voy a empezar de nuevo, creo que va a ser mejor.

Cuelgo.

Sospecho, naturalmente, de: la adorable jovencita loca (con un poco de suerte nuestras vidas no volverán a cruzarse); el ayuntamiento que no limpia los márgenes del camino porque actualmente no pueden ofrecer la calidad de servicio que habitualmente ofrecían. Pero, tras empezar de nuevo, la explicación de Miguel, al otro lado del 1004, me tranquiliza. Es una explicación que resume a la perfección eso que ls políticos llaman «la nueva normalidad».

— Creo que alguien malinterpretó la palabra «finalizar» — dice.

En efecto «finalizar» puede significar completar u obliterar. Así que decido confiar en Miguel, que es suramericano y sabe de lo que habla. Su explicación me resulta tan surrealista (y tan en sintonía con la liberalidad de telefónica para con «le mot juste») que me cuesta trabajo no considerarla plausible.

Reactivado el pedido, me llama el mismo técnico, diligente y amable que pasó por aquí la primera vez. Se sorprende de lo que le cuento, pero me asegura que se prepara para venir en cuanto tenga, de nuevo, todo lo necesario, cable larguísimo incluido.

— Paciencia. — Concluye.

Concluyo: hay una brecha entre lo que deseamos y lo que solicitamos porque lo que decimos nunca llega a ser lo que pensamos, sino algo que intenta desesperadamente ceñirse a una respuesta preexistente en la mente de nuestro interlocutor. De ahora en adelante solo utilizaré lenguaje poético en mis comunicaciones con Telefónica, sus pompas y sus obras.

— Valore del uno al diez…
— Pi.

Semejante respuesta provoca la inmediata llamada de Atención al cliente (resulta ambigua esta expresión, como la palabra «finalizar», o sea: ¿recibo, como cliente, una «llamada de atención»?). Da igual: no llevaba el teléfono encima y no puedo devolverla.

A última hora de la tarde alguien me informa de que un técnico se pasará a valorar las circunstancias de la instalación (lo que ya hicieron hace quince días) para proceder al cambio de cobre por fibra, y también de que tiene ganas de irse cenar (sic); por lo que veo, compartimos frustración y localización geográfica, así que me dejo vencer por la empatía y procuro ser breve.

— Pi.