Glenda

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Acabo de releer «El regreso del soldado», de Rebeca West, una novela que me recomendó en su día Guelbenzu. No la elogió especialmente por su estilo o por su argumento (nada desdeñables), sino por su feliz elección de narrador. La leí de inmediato y de inmediato (naturalmente) estuve de acuerdo con el maestro.

Decidí releerla porque vi una película de Aisling Walsh (para BBC One) protagonizada por Glenda Jackson («Elissabet is missing», 2019), ya anciana, a la que admiré en su día tanto como para merecerme aparecer con nombre y apellidos en alguna futura reedición de aquel cuento de Julio Cotázar, «Queremos tanto a Glenda», que trataba de una actriz (Glenda Ganson) cuyo club de fans se proponía terminar con la desventaja que le suponían a su ídolo unos directores incapaces de firmar películas dignas de su talento. La película, por cierto, no tiene demasiado interés: el argumento estorba al desarrollo y Glenda salva el conjunto.

No es que hubiese olvidado a Glenda Jacson, pero había dejado de pensar en ella: quizás debido a su retirada de la actuación en 1992 para ingresar en el Partido Laborista y dedicarse a estar (por muy desesperante que fuese) donde deseaba estar; quizás debido a esa ceguera permanente en la que se ha convertido la historia de España de la transición a esta parte; quizás porque la cultura hace tiempo que traicionó a la memoria para instalarse en la transitoriedad permanente (Gillo Dorfles). La película, para bien, me obligó a rescatarla, y también a advertir que sus directores seguían padeciendo el mismo problema que ilustrara Cortázar en su relato; a eso y a comprender que a los españoles nos pasa lo mismo con nuestros gobernantes.

— Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señore!

Tanto Glenda, la actriz, como Jackson, la política, podrían haber pronunciado esa frase (del «Cantar de Mío Cid») que hay quien quiere (por puro afán de erudición exhibicionista, sin duda) remontar a los «Anales» de Tácito; servidor, patriota donde los haya, defiende su españolidad (por muy precoz que sea) porque siente su aplicación muy asumida, casi genética.

Pero mi redescubrimiento de Glenda Jackson ha ido más lejos (se ha convertido en un idilio invernizo, si quieren); excepto, por pereza, «Marat/Sade» (1967) de Peter Brook (donde hace un papel que no le permite competir con el director) he vuelto a ver sus películas y he descubierto dos títulos que desconocía, o casi: «A Touch of Class» (1973) de Melvin Frank (que no recordaba haber visto, pero conocía) y «The Return of the Soldier» (1982) de Alan Bridges. Aunque ninguno de los dos desautoriza al autor de «Rayuela», sería injusto no señalar lo sorprendente y divertido que aún resulta (paradójicamente) el primero, donde –como en «Women in Love» (1969) de Ken Russell– consigue robar la iniciativa y la presencia a su partenaire, un espléndido y jacklemmoniano George Segal, o la sobria elegancia del segundo (donde a quien se come es al mismísimo Alan Bates, y que fue, por cierto, responsable de que esté ahora releyendo el libro de West y sintiéndome un poco como ese soldado al que la realidad atropella y el tiempo burla: aferrándome al narrador ideal, ese, tan difícil de someter, que nos permite estar donde deseamos estar.

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