Un año más (y III)

Soñé que íbamos a Cacabelos a salir de vinos con «los Santos» (Secun y Marga Santos) y otra pareja de amigos. Las mujeres bebían blanco Airola, los hombres gin tonic o cerveza. Y soñé que la noche era estupenda, la conversación animada y las aceitunas marca Lupy (de Lupicinio, el mayorista de Fuentesnuevas) que son las mejores del mundo.

– ¿Estas aceitunas vienen de Fuentesnuevas? ¿Verdad?, le pregunto al barman.
– No señor: de Nueva Zelanda.

Como Secun, su amigo es hombre de mundo, así que hay que creerle cuando habla. Era un sueño muy realista. Recuerdo, incluso, que los móviles no dejaban de sonar…

– No era un sueño.
– ¿Cómo que no era un sueño?
– Fue ayer.
– ¿Qué día es hoy?
– Cuatro, cielo.

Yo ya sé que sin Raquel sería hombre muerto, pero como no me gusta que se de cuenta disimulo:

– Ya lo sabía, era un recurso literario.
– Claro, cielo.

Ayer dejamos a Lucas en el Alsa y, de pronto, teníamos nuestro primer día libre en todas las vacaciones. El fin de año lo pasamos los tres solos (más Pangur, que se comió una uva y todo), cenamos sopa de pescado y cordero, bebimos un magnífico Pagos de Carraovejas y pasamos el rato de las uvas con Gomaespuma. Bueno, eso es el resumen: lo cierto es que pasamos la cena y la velada respondiendo sin tregua a los millones de SMS («Short Message Service») que cada a cada uno le llegaban sin parar. Incluso recibí alguna felicitación de gente a la que no recuerdo haber sido presentado jamás. ¿Qué fue de las tradicionales felicitaciones de cartón? Porque definitivamente las tradicionales felicitaciones postales son mucho mejores que esta locura de los móviles. Supongo que es el precio a pagar por la globalización: te felicita un desconocido y las aceitunas son de Nueva Zelanda. Deberíamos tomarnos las cosas con más calma: escribir a mano nuestros buenos deseos para el año entrante (por cierto: considérense ustedes felicitados) y, como mucho, escribir aquí un texto por año (ya lo he dicho). Terminamos tomando chocolate casero con unos churros congelados que a lo mejor eran de Nueva Zelanda pero que Raquel consiguió que pareciesen recién hechos en Lavapiés.

La velada de ayer acabó, también, a las tantas; pero ser servido es fiesta siempre más verdadera. De vuelta en casa nos entretuvimos en la bodeguita repasando nuestro sencillo contrato: levantar juntos este buque de piedra y tierra que es nuestro verdadero SMS («Seiner Majestät Schif»), siempre algo a la deriva, siempre profundamente anclado. Hoy hemos hecho las últimas compras para Reyes, en Ponferrada, que tiene, según su alcalde, un aire de lo más sano a pesar de albergar la Central Térmica de Cubillos, que es de las más contaminantes de España, o sea: de Europa.

– Sí, pero es que el viento sopla para afuera.

Mañana toca recoger, dejar Magaz de Abajo y volver a Madrid, ciudad espuria, mezquina y mal pagadora en la que el viento siempre sopla para adentro y donde los bercianos, la buena gente, están siempre de paso. Leo En los oscuros lugares del saber, de Peter Kingsley y escucho el piano de Javier Perianes interpretando a Mompou (familiar, amable). La vida no ha cambiado más que en un número, no pasa nada. Aún debería ser posible acostarse y dormir en plan SMS, o sea: sin malos sueños.

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