Querida lectora

Me preocupa estar desarrollando fobias inútiles, de viejo; odios avalados por la razón y certificados por la experiencia, sí, pero sostenidos por una resistencia porfiada a liberarme de algún enjambre que no merece atención (y que abandonaré, lo prometo, en cuanto acabe esta nota). Odio, decía, por ejemplo, a esos políticos que responden prolijamente a algo que no es lo que se les ha preguntado, y a los que se aferran a una pala para darle vuelta a la nieve. También odio a los poetas, a la gente que dice lo mismo dos veces y a los que te explican cosas que ya sabes; aunque quizás no se trate en este caso de tres colectivos sino de uno sólo.

La pala.

La pala se utiliza para retirar la nieve de un camino, no para darle la vuelta. Cuando vea usted, joven amiga, a alguien dándole la vuelta a la nieve, adviértanselo. Estoy muy acostumbrado a usar no una, sino distintos tipos de pala y otras herramientas y puedo asegurarles que la única que sirve para darle la vuelta a algo es la revolución comunista.

La poesía.

La poesía es un extraño arte que sugiere no porque no quiera decir, sino porque el lenguaje no puede decir lo que ella dice. Pero no se confunda: hace falta más sensibilidad para hacer un buen injerto que para escribir un buen poema; y aunque ambos, poema e injerto triunfan cuando logran exceder la destreza, la experiencia me ha enseñado que, de hecho, la navaja de hacer injertos resulta en muchas ocasiones más fina que la de Occam cuando de solucionar engorros prácticos se trata, lo cual, no me pregunte porqué, me parece poético.

La sensibilidad.

Hay quienes (en un anacrónico alarde de cursilería) aseguran haber sido raptados por la poesía; pero son ellos los raptores, ellos quienes la humillan y la torturan día y noche para hacerla confesar que ellos y sólo ellos poseen una sensibilidad rarísima y necesaria para que el mundo funcione. La poesía, de hecho, es muchísimo menos importante que los poetas, según explican prolijamente por videoconferencia cada vez que se les pregunta sobre cualquier otro asunto. Por eso hay que salva a la poesías: para que el mundo no acabe en manos de los poetas.

Muy pocos tuvimos la prevención de fracasar antes del confinamiento: algunos murieron de muertes adelantadas, de las antiguas y respetables; yo, simplemente, me guardé en Magaz de Abajo como otros en las montañas para obtener el éxito que deseaba que no es el que se imagina. Digo esto para que me preste atención.

El fracaso.

El fracaso no es lo contrario del éxito como la mentira no es lo contrario de la verdad. Pero antes de desarrollar este epígrafe es preciso que tracemos un recuadro imaginario y situemos en cada uno de sus ángulos una de estas palabras: éxito, engaño, olvido, verdad. Obtendremos la tabla de coordenadas de la vida en sí misma.

A veces la mentira, como el poema, contiene la verdad, de modo que lo contrario de la verdad no puede ser la mentira: lo contrario de la verdad es el olvido. El olvido no cabe en el éxito; el engaño y la verdad sí; aunque no simultáneamente. Ello es debido a la doble naturaleza (público-privada) que comparten. La pala del político es verdadera y también un engaño; aun cuando darle la vuelta a la nieve asegure una porción suficiente de éxito público. En cuanto al fracaso, querida lectora, creo que su significado ha sido sistemáticamente tergiversado, y que hasta podría estar más cerca de ser una fantasmagoría de la memoria o una sofisticada forma de rebeldía que esa derrota que todos temen. Pero dejaré eso para otro día, si le parece, y me centraré en el recuadro de marras.

El recuadro.

Tenemos verdad, olvido, éxito y engaño. Así:

VERDAD ———————————— ENGAÑO
    |                                                   |
    |                                                   |
    |                                                   |
    |                                                   |
    |                                                   |
ÉXITO —————————————– OLVIDO

Este es el campo en el que, como una linea más o menos sinuosa, constante, rápida, lenta, cerril, angulosa o suave, nos movemos un rato hasta detenernos. También sirve para mirar a su través. El nombre de la línea es duda.

La duda.

La duda no es lo que parece: evita la parálisis que provocan el miedo o la incertidumbre (la ausencia de propósito) con mejor eficacia que camarillas o falansterios y es un buen sitio para iniciar un propósito (movimiento que es un «poner en duda», como se pone un pie delante del otro). Un consejo: no se acomode en ningún enjambre (no al menos hasta el punto de dejar de dudar). Hay muchos enjambres (tolerantes, solteros, casados, políticos, poéticos, revolucionarios, religiosos, misántropos, zapadores, bizarros, nevados, tiernos, cerriles, intelectuales, hedonistas) y en todos ellos alientan una promesa de odio justificado y un destino común. Evítelos, joven, porque no conducen necesariamente al éxito y están llenos de olvido.

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