Nieve

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Que bajo la nevada más intensa que ha visto Madrid en los últimos cincuenta años –Madrid sin automóviles, Madrid convertida en un gran escenario surrealista, o en una fantasía infantil por una vez realizada– a unos jóvenes (sin futuro, sin esperanzas) que se retan a una batalla de bolas de nieve se les llame irresponsables y se les trate, casi, como a delincuentes, es el perfecto ejemplo de lo idiotas que nos estamos volviendo.

Si no nos matan el virus o el frío nos matará nuestra propia intolerancia, la comodidad de apalancarnos en el odio al otro como definición de pertenencia. Nos matará la incapacidad de recordar que la nieve, de siempre, ha sido en estas tierras el raro pretexto para volvernos niños durante un rato, para alegrarnos en su propuesta de breve vacío metafísico, permisivo, elemental y esencial, y ello a pesar de lo mal que nos vaya o de los problemas que nos ocasione (que nada tendrán que ver, por cierto, con los juegos a los que invita y mucho, todo, con la ayuda que dejemos de recibir de la autoridad que pagamos).

Si tuviésemos políticos serviciales y no líderes aquejados de déficit permanente de atención, quizás miraríamos a esos jóvenes como lo que son: jóvenes, seres humanos saludables aprovechando una tarde de tregua para aliviar su aflicción a costa de la Madre Naturaleza, ciudadanos que se divierten sin maldad alguna y, desde luego, sin querer provocar la distracción de una policía que estaría en otra parte si obedeciese a mejores criterios.

No es que los jóvenes me caigan bien, no me malinterpreten, o que añore de ninguna forma la una época de la vida a la que sobreviví dejando un rastro de errores que aún me visitan en sueños; lo que defiendo, y lamentablemente, añoro es la tolerancia que cualquier administrador medianamente prudente le debe a aquellos a los que no deja de pedir sacrificio y paciencia a cambio de casi nada.

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y también el periodista responsable de la entrevista que anticipó, todo sea dicho, su opinión de una forma nada profesional, habrían quedado muy bien calificando el episodio como chiquillada, incluso, si me apuran, celebrándolocon cautela. Morimos cada día por culpa de los virus, de la ambición del establishment, de la política ineficaz o de la ciega tozudez de las creencias; tenemos derecho a jugar un rato con la nieve.

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