Picaresca

Por no leer, ni el Lazarillo de Tormes ha leído esta gente que achaca a picaresca el abuso de poder. De haberlo hecho, sabrían que es patrimonio del pueblo, la picaresca, y que emana de una desgracia cuya responsabilidad recae en los de siempre, en los que pueden provocarla, en los que viven de provocarla.

— Pero así somos…
— No, así somos notros, vosotros sois gente privilegiada. Quitad vuestras sucias manos de la picaresca.

Hablo, ya se han dado cuenta ustedes, de esos listillos que han corrido a vacunarse como el matón (camisa blanca, pantalón negro, sombrero vaquero, bigotito y cicatrices de viruela) que se cuela en la cola del cine en Guatemala; aunque la comparación más justa sería la del capitán que abandona entre ratas el barco que se hunde, dejando a su suerte a viajeros y tripulantes.

No. La picaresca es patrimonio de pobres (que pagan vacunas y errores) y, por eso, indigna que se esgrima como justificación de prevaricaciones más o menos conscientes, más o menos escandalosas. En estos casos, creo, importa poco la buena o mala fe de los implicados, y relativamente nuestro escándalo. No es eso lo que se juzga. Importa más su patente falta de inteligencia, su manifiesta incapacidad para saber qué es exactamente lo que están administrando, y a qué se deben. No hablaré de su cobardía, la cobardía es un asunto estrictamente personal.

Junto a la escasa altura moral de quienes la esgrimen (reputados, nominados, imputados), conservadores, autoritarios, la picaresca es resistencia, minería social y, sobre todo, supervivencia anónima; eso la hace moralmente irreprochable. No, lo de esta gente no es picaresca, es franquismo.

Petit franquismo.
— El mal que nos persigue.

Otra cosa es proponer que se les castigue no dándoles la segunda dosis: ocurrencia medieval, disparate que distrae del delito y hace de los culpables sujetos de venganza, no de justicia. No hay peor verdugo que la irracionalidad, no lo duden, y de eso nos sobra en un país con más epidemiólogos que epidemiófobos.

¿Habrá epidemiófilos?

Los hay, si atendemos a lo entretenidos que andan algunos a los que ninguna restricción, ya sea esta o la contraria, parece sostener (y no me refiero a los cazadores, ni a los abogados, ni a los fabricantes de armas, ni a los ejecutivos de las grandes famacéuticas), a lo envalentonados que se exhiben en la prolongación mediática de su rutina de pan y circo. Bajo la lente behavorista que deberíamos de aplicar a la picaresca, si popular, son otro producto de un espectáculo sin el que les quedarían los boletines terraplanistas y poco más para creerse vivos. Pero al epidemiófilo le pasa lo mismo que al cobarde: solo se puede juzgar a sí mismo.

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