Daniel

Como recordarás, solitario lector, Nabucodonosor, rey de Babilonia, tuvo un sueño trascendente, un sueño del que se despertó agitado y convencido de que, en él, se le había revelado alguna clase de verdad fundamental, una especie de mensaje que no podía interpreta ni pasar por alto. Pero lo había olvidado, había olvidado su sueño.

Pidió entonces a los sabios que interpretasen el sueño que había olvidado, algo que sólo un rey de Babilonia puede pedirle a los sabios.

Los sabios, en su sabiduría, le respondieron con mucha gracia (pues a pesar de sabios eran encantadores) que no, que no podían, que la solicitud real excedía no ya lo razonable sino y pero lo babilónico en sí, pues no se acompañaba de la información mínima necesaria para el ejercicio de unas habilidades tantas veces demostradas (como cuando el rey soñó que era un castillo y devoraba a un león).

En resumen, que sin hueso no hay caldo.

La respuesta disgustó tanto a Nabucodonosor que los mandó ejecutar, orden que puede parecernos hoy en día en exceso expeditiva pero que no lo era en una época y sociedad propensas a acomodar la realidad al sentido del humor y a la sensibilidad literaria del pueblo llano. Y el pueblo babilónico era mayoritariamente llano, como ahora.

— Este Nabucodonosor sí que habla claro –dijo el pueblo llano.

Entonces llegó Daniel, que se llamada Baltasar, y le contó a Nabucodonosor lo que había soñado y lo que significaba su sueño, obteniendo a cambio el gobierno de varias e importantes provincias para él y para sus amigos Ananías, Misael, Azarías, además de un altar indestructible para cierta deidad recién llegada. Aunque antes tuvo que dar algunas explicaciones:

— ¿Cómo es que sabes lo que soñé y olvidé? — preguntó Nabucodonosor.
— Mejor pregúntame «por qué» lo sé — respondió Daniel.
— ¿Por qué lo sabes?
— Porque sí, oh! excelso entre los excelsos.

Esta historia de Daniel, Ananías, Misael, Azarías y su dios verdadero no sólo nos muestra, mi querido misántropo, que no hay realmente nada nuevo bajo el sol que nos alumbra, sino que la interpretación lo es todo si agrada a la vanidad que la convoca. De hecho, si Nabucodonosor no se hubiese dejado seducir por la grandeza irrepetible que la lectura de su sueño implicaba y hubiese hecho la pregunta correcta (¿»para qué» sabía Daniel su sueño y para qué lo interpretaba como lo interpretaba?) en lugar de dejarse llevar por la adulación, puede que el cuento hubiese terminado en el olvido, en lugar de en la Biblia.

Daniel, sin embargo hizo algo asombroso: diseñó un método irrefutable.

— ¿Por qué irrefutable?
— Porque sí.

No quería sugerir que Daniel tuviese oscuras razones para jugarse la vida, ni que evitar al pueblo babilonio sea mejor o peor que evitar al vallisoletano o al indio, mucho menos aún que la adulación sea aún una buena forma de conseguir un cargo, solitario lector; sólo quería un poco de compañía.

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