Obviedad

Leyendo a Foster Wallace, de pronto, me arrebató una apertura comprensiva y entendí que estaba a punto de pasar de adulto a anciano sin haber conseguido ser una persona normal, así que he estado viendo películas de súper héroes, y el telediario.

Llego a la conclusión de que la única forma de salvar el mundo es ser capitalista, cristiano, correr muy rápido, visitar asiduamente las grandes superficies comerciales, decir obviedades inspiradoras y discutibles en los momentos menos apropiados, ser norteamericano y, en caso de dificultad insalvable dedicar un pensamiento a tu padre (que se avergonzaría de verte lucir ese modelito) o, si eres Superwoman, a tu madre (que se avergonzaría de verte lucir ese modelito). Nuestros padres ignoraban que la desnudez es un símbolo de pureza y que los malvados visten en exceso y, generalmente, de amarillo.

— ¿Amarillo?
— Es cierto, perdón, ¡estaba siendo culto sin darme cuenta!
— …
— De negro.

Sin embargo acabo de ver a la policía detener a unas mujeres menos vestidas aún que Superwoman porque protestaban contra una manifestación de personas que, excesivamente vestidas y abanderadas, convencidas de estar ahí para salvar el mundo, gritaban consignas a favor de un asesino bajito, muerto y con bigote. A lo mejor ha sido porque no eran norteamericanas o porque no gritaban obviedades.

— Espera. Sí que gritaban obviedades.

Es cierto. Gritaban que no hay ni honor ni gloria en el franquismo. Lo cual, como acertadamente señala mi despierto gato, es obvio. Como lo es que el significado de esas dos palabras, «honor», «gloria», es mucho más tranquilizador si uno las ve escritas sobre el pecho desnudo de una activista social que sobre una bandera, porque remite a un compromiso de humanidad al que no remiten vestimentas ni trapos. Que nada se interponga entre estas mujeres y su mensaje las vuelve inmediatamente honorables y gloriosas.

Deberíamos de fomentar eslóganes simples, que no incorporen nombres de gente muerta ni conceptos difíciles, ya que en el futuro seremos todos y todas iletrados e iletradas que considerarán las palabras «iletrado» e «iletrada» una expresión más de la clásica violencia verbal del extremismo intelectual.

— Contra mentira, cielo.

Tiene algo de grotesco, sí, y de gratificante para el espectador atemorizado, si no perplejo, ante tal espectáculo de cazurreo anacrónico, guerra-civilista y bárbaro, esa forma de amargarle al dogmático histrión su escabroso y falso discurso, su honorabilidad de vacilón de tres al cuarto y su gloria de tebeo, de superhéroe bruxista, matón y majadero.

Entonces llega la policía y se lleva a esas mujeres de pecho rotulado porque en alguna parte de la ley dice que tiene más derecho el energúmeno a exponer su idiotez del que ellas tienen a mostrarse vencidas.

Podían haber estado animando a la Ponferradina (un suponer), y nadie hubiese levantado la vara. Pero estaban donde debían estar; oponiendo la carne tatuada a la ansiedad de la vara. Hay que tener valor, o sea: propósito, convicción.

No es lo mismo claridad que transparencia. La transparencia implica un velo interpuesto y, a menudo, tras él, no hay lo que crees ver. La claridad es la ventana abierta, la ausencia de cristal, la mano que siente la lluvia antes de que la vea el ojo, la exposición frente a cualquier argumentación, especificación o misa. Sólo la claridad viene del cielo (Claudio Rodríguez).

Concluyo, no sin experimentar una tristeza infinita, que hay más verdad en un pecho desnudo que en la mismísima verdad, que hay más substancia en Wallace y su broma que en el telediario y su objetividad. Pero no acaba aquí mi apertura comprensiva, sino en el recuerdo de una niña que deseé ser.

Voy terminando. ¿Es masculina la transparencia y femenina la claridad?

Nunca quise ser niña, pero sí, como Lorca, puse un nombre de niña bajo mi almohada porque era el de una niña brillante sin imponer, independiente sin ofender, valiente sin fuerza y sabia sin estudios. Era una niña, quizás algo mayor que yo, no mucho, pero tenía tal confianza en sí misma, era tan certera en su ser en su pueblo, que me enamoré de ella y, de ese amor, extraje la construcción (fracasada) de este hombre al que no deberían de hacer caso.

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