Tomás Segovia: Lo inmortal

El precio de la memoria


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– Los Libros de la Galera Sol. Madrid, 1998. 62 páginas.

Tomás Segovia (1927-2011) nació en Valencia, pero a los nueve años se traslada a París, Casablanca y, finalmente en 1940, a México, su patria adoptiva. Allí pasó su exilio y allí fue realizando una obra de reconocida influencia, además de colaborar en aventuras literarias de la importancia de las revistas Plural y Vuelta, y allí murió; aunque hace unos años había regresado a nuestro país para fijar su residencia en Madrid. Lo inmortal y otros poemas es, a juicio de este crítico, uno de sus mejores libros.

Desde el primer poema, percibimos una voz absolutamente dueña de sí misma, una voz que se mide con las cosas del mundo, con “la verdad desarmante” sabiendo que “bajo este espesor vamos siempre desnudos”, pero que al fin es la vida, nuestra vida, la que confiere y sostiene una inmortalidad a cuanto nos trasciende. La naturaleza se presenta aquí como el gran teatro de la existencia, un teatro en el que “siempre habrá más espacio que mirada”, ese abismo que nos empuja a la tentación de no dejar rastro, de no vernos, pero que al mismo tiempo nos obliga a sentir el contacto del mundo, pegar un taconazo, asegurar el suelo bajo los pies, mirar como un regalo nuestra primavera de miopes:

Todo está aquí en el tiempo todo el tiempo
Sólo en nuestra miopía.

Naturaleza y tiempo conforman esa inmortalidad a la que la primera parte del libro celebra como imposible sin su relación con la mirada del hombre. Así, un poema como «Tormenta de verano» adquiere de inmediato tonos de hierogamia:

Somos tú y yo y siempre volvemos
No arrancamos al mundo de sus sordas raíces
Nos arrojamos sobre su ancho cuerpo.

El poema nombra esa experiencia para comprenderla, para apropiársela, como le pone nombre al temple de un pasado que el tiempo fue cubriendo de una nostalgia asumida (“No otra cosa soñaba desde siempre la piel”) desde una edad, un sitio, donde ya no se espera el dolor de lo poseído, sino tan sólo el de lo errado:

No es porque no estuviera en nuestros brazos
Es porque un día más erró el deseo.

Una edad que aprende a valorar al otro, al cercano, como a la casa que su propia vida le negó tantas veces. Una vida que no encuentra reposo, pero que así se reconoce en las pequeñas manifestaciones de una inmortalidad capaz de llenar ese vacío que, ya en la segunda parte del libro, se contrapone al otro, duro y duro, impenetrable y nuestro, que reclama su sitio en la existencia sin dejar nunca que nos detengamos.

El libro contiene versos excelentes, y sobrecoge cuando habla de soportar la belleza, de sostener (solos) para que no sea de nadie (“para nadie”): “Hecha para ser precio de la sola memoria”, esa (la memoria) que cierra magníficamente el libro en un largo poema (que de hecho constituye su tercera y última parte) titulado “El viejo poeta”. “Llueve en mi mundo”, dice, “Llueve sin prisa sin rencor sin saña” en unos versos que parecen responder, desde lejos, al Juan Ramón de Espacio para, enseguida, buscar una réplica en lo aprendido del oficio (vivir-escribir): “Toda una vida llevo aprendiendo un lenguaje”. Aprendizaje que le permitirá al poeta poder, ahora, oír “a la vida en todas partes”, identificarse con cada acontecimiento de un mundo-lenguaje cuyo conocimiento es identificación: “Vamos la lluvia y yo por nuestro mundo”, dice. Y más adelante: “También yo como ella lluevo sobre mojado”. Los lugares vividos y los lugares por vivir se encuentran ya en el mismo aprendizaje sin lección de una memoria trascendida por el lenguaje de una verdad (“Lo que llueve en el mundo en mi memoria llueve”) que no sabe de victorias sino tan sólo de derrotas:

Eso fue ser poeta
Desarmarme de lengua
Derribarle a mi idioma todos sus parapetos
Y no para reinar en las palabras
No para liberarlas.

El poeta firma así su armisticio con aquello que las palabras sabían ya antes de saberlo él mismo, sólo entonces podrá envolverse en su lenguaje y en el mundo, “respirar el nombre entero de su vida”.