Gumer y Jhonny

La parte triste es que Barjas ha estado ardiendo una semana, la graciosa (es un decir) es que según parece el propio pedáneo podría ser el culpable. Lo pillaron en plena faena, así que no lo tiene fácil (como otras veces). ¿Estarán cambiando las cosas?, ¿llegará la justicia, por fin, a la España rural? Ustedes viven en grandes ciudades y las cuitas de un servidor les parecen queja viciosa de privilegiado, pero un servidor les asegura que la democracia es como la primavera: no llega simultáneamente a todos los rincones de un país. Pero a lo que vamos: han sorprendido al alcalde prendiéndole fuego al monte. Antes le habían denunciado por vender monte a las constructoras, pero el juez sobreseyó el caso. Hay delitos que no se ven, hay delitos que se perdonan, como cuando el vecino, que es amigo del secretario, hace de su capa un sayo y levanta el establo donde la ley no deja ni atar un perro o el pedáneo de muy cerquita se instala la repetidora de telefonía en el jardín para cobrarle el alquiler a la compañía.

– Y además de ganarse mil euros ata al perro, que sólo ves la parte mala.

Los españoles no somos todos iguales. Y en Barja el alcalde pedáneo, pequeño Nerón de aldea, hace y deshace lo que ve hacer y deshacer a otros sin que nadie les chiste. ¿Se habrá terminado eso? Lo dudo tanto.

Claro que esta desgracia de los alcaldes apandadores no es la única que nos aprieta. Se mueren los ciervos y no sabemos por qué. Se están muriendo. Si hace un par de años sufrimos la plaga de los topillos ahora nos toca esta enfermedad (o lo que sea) que amenaza con dejarnos desciervados. A lo mejor deberíamos condenar a los alcaldes que queman bosques (o simplemente prevarican impunemente) a hacer el ciervo unos cuantos años en los chamuscados altozanos del este y otros lugares.

– Por descalificar terreno en beneficio propio, diez años haciendo el ciervo.

No es ninguna tontería: ustedes creen vivir en un sistema democrático, pero aquí nos las tragamos dobladas. Créanme, no se trata sólo de que los políticos (como algunos particulares) tengan la discutible virtud de hacer aflorar lo peor de un servidor, ni se le escapa que tienen de qué quejarse, sus propios problemas, también ustedes los habitantes de las grandes urbes, pero aquí es peor. Aquí se defienden antes de lamentarse y si arde el bosque declararán que eso no es responsabilidad suya antes de echarse las manos a la cabeza. Que a los defectos de su ejercicio le sumen un mal gusto natural y la chulería provinciana que tanto divierte en Madrid a los achulados capitalinos no arregla nada, al contrario. Más de una vez he oído a abogados o jueces de ciudad referirse a estos abusos de poder, a estas ilegalidades pueblerinas en tono condescendiente y jocoso. Pues a estas cosas conduce el exceso de confianza en la ciega comadre justicia: un alcalde quemando el monte sin molestarse siquiera en pasar desapercibido.

– Por lo menos tiene los arrestos de hacerlo personalmente.
– Todo lo hacen personalmente.

Entre tanto, servidor ha descubierto que tenemos en la finca una familia de erizos. Hubo de salvar a un par de ellos de morir ahogados en la piscina y los ha llamado Gumer y Johnny. Son nocturnos e insectívoros. De hecho beneficiosos. Y si te reconocen (y no son nada tontos) hasta aceptan comida de tu mano, se dejan acariciar y te siguen como cachorritos. O sea que ni molestan ni hacen daño, y además pueden resultar buenos compañeros. Aparecieron de pronto tras años de suponerse semi extinguidos. No se defienden. Frente a cualquier amenaza se hacen una bola y esperan, así que la gente los atropellaba en las carreteras. Es lo malo de no tener miedo. Lo cierto es que le encanta a un servidor saber que andan por aquí. Incluso se identifico con ellos. Servidor, los erizos y el grave riesgo que la ausencia de miedo comporta son ideas demasiado próximas como para no sospechar en ellas una voluntad epifánica. Me pregunto si los alcaldes nos ven así: como a erizos sin más defensa que cerrar los ojos.

El caso es que peleó servidor por la democracia cuando era joven y ahora que se dispone a pasar el último tramo de su existencia sin más sobresaltos que los derivados del salvamento de erizos se encuentra con que en según qué sitios no rigen ciertas leyes. No hemos terminado el trabajo, lo hemos dejado a medias para regocijo de alcaldes pirómanos y pizarreros envenenadores. Arde Barja, mueren los ciervos sin confesión y alguien contamina el río o maltrata a un perro atándolo junto a tu ventana sólo para que sepas quién manda. Es así porque hay cosas más importantes de las que ocuparse, cosas importantísimas. Y lo malo, lo realmente malo, es que si lo piensa un servidor dos veces también él tiene cosas más importantes de las que ocuparse.

Pangur, que se está volviendo demasiado listo desde que la presencia de Yogur no le deja leer a Ruiz Zafón en paz, está encantado con los erizos, dice que podríamos criarlos para animal de compañía. «Ahí podría haber pasta», dice. Es tarde. Gumer y Johnny deben estar a punto de salir de sus madrigueras. La noche ha vuelto invisible la columna de humo que ha estado manchando el horizonte desde por la mañana, pero aún hay luz para jugar un rato con ellos, si quieren. Servidor se lo va a proponer a Raquel ahora mismo.

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