Winslet

Acabo de ver una serie o miniserie llamada Mare of Easttown, creada por Brad Ingelsby para HBO, que muestra, a lo largo de siete capítulos, tres capas superpuestas de diferente interés y textura: una historia intencionadamente compleja, dramática desde el primer episodio y suficientemente tortuosa para que la curiosidad nos mantenga despiertos; una exposición behavorista de la sociedad corriente, rodada sin panorámicas, que hace innecesario cualquier discurso social y Kate Winslet (sí, la de Titanic), el foco.

Leo por ahí que han criticado (hace falta ser muy babieca) a K.W. por el físico (cómodo sin descuido, saludable sin exhibición, o sea: casi el de cualquiera a su edad) que aporta a un personaje tradicionalmente masculino (policía vocacional, mal pagado, sin ilusiones) y también que Stephen King adivinó quién era el asesino (como si a estas alturas no supiésemos que el que se queda colgado de un relato, el que sea, no para desentrañar su pertinencia sino para satisfacer su necesidad de sorpresa –y carnaza– es un mirlo blanco, pasto de patrocinadores).

El que hace Kate Winslet es un papel magistral, que es ese que deja claro que la historia no es la de una pesquisa policial más o menos compleja, sino la de un personaje que ha de enfrentar la dureza de su deber a la de su intimidad en un contexto de pasado frustrado y futuro dudoso, que no es el contexto de un sufrimiento colectivo arbitrario (una plaga, una guerra) sino el de lo casi insoportable posible (un gobierno elegido).

El personaje se mueve entre su propia gente sostenido por una distancia que es, a su vez, una herida, una incapacidad que le confiere la fortaleza, la insensibilidad (empática) para lidiar con las incapacidades ajenas. Se equivoca y acierta. No es mejor ni peor que su comunidad. No importa. Más palabrería seudocrítica no ayudará al lector a considerar el asunto.

Si tuviera que quitar algo quitaría un par de sermones (no las escenas, que aportan definición al colectivo) en la iglesia, pues parecen ahí solo para garantizar que el más torpe comprenda. Ambos mensajes, atribuidos al sentimiento religioso, surgirían sin dificultad de la historia a través del compromiso y de la amistad respectivamente.

Ese es trabajo de K.W. y lo saca adelante cumpliendo dos de los que, a mi modo de ver, deberían de ser los tres mandamientos de la actriz moderna: reivindicando la presencia real, el físico real como significante de un personaje autorizado, capaz, experimentado, amargado y mujer (uno) y dejando claro a cualquier espectador sensible que un relato nunca va de lo que le ocurre a alguien en determinadas circunstancias, sino de lo que le ocurre a las circunstancias en determinadas personas (dos). El tercer mandamiento es no producir, pero no me cabe la menor duda de que hay una necesidad política que justifica sobradamente postergar su aplicación.

No se presenta ante la cámara como una mujer hermosa (no puede tampoco evitar serlo). Está dicho. Su actuación, sin embargo nos seduce porque, a través de ella, nos dice algo del arte de la interpretación (que es también una habilidad social) que trasciende la actuación para entrar de lleno en el territorio de la filosofía: la belleza no es una categoría formal, ni es un valor elemental o preexistente, sino una cualidad emergente, un producto de nuestra relación con el mundo.

La última escena (la Pietà) se reafirma en nuestra memoria y cierra una experiencia de las que no se olvidan, es decir: verdadera.

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