Un cuaderno de Magaz

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Han venido a vernos Marga y la niña Martina, con la que hemos pasado la tarde y la noche mientras su mamá (que es la hermana de Raquel) recordaba viejos tiempos con sus amigos ponferradinos. Martina tiene esa edad en la que desconocer el significado de palabras como «antítesis», «óbice», «negligencia» o «reticente» no implica que no se esté capacitado para vapulear verbalmente a cualquiera. Esa edad en la que se puede pasar del razonamiento impecable a la pataleta irracional sin necesidad de atravesar motivación alguna ni levantar la más mínima sospecha de desequilibrio o malcrianza. La niña Martina es como deben de ser las niñas de su edad: centrada y periférica, irresponsable y equilibrada, comprensiva y caprichosa, hiperactiva y vaga, temeraria y cobardica, ágil y quebradiza, tozuda y manejable, etc… Posee, además, la suficiente cantidad de neuronas supernumerarias como para que a uno le convenga no distraerse.

En cuanto entró por el portón, armada de un cochecito de bebés con un muñequito blanco y otro negro, los gatos desaparecieron.

— Yo no, protesta Pangur.
— Tú también, reconócelo. Has pasado la tarde subido en el guindo.
— ¿Luego?

Es verdad, Pangur ha desaparecido sólo a medias, y hasta se ha dejado acariciar un poco. Pero un gato está a salvo de la presencia infantil limitándose a ser lo que es. Ningún niño es tan tonto como para fiarse a la primera de esos peluches adorables, rápidos, imprevisibles y llenos de pinchos, tan parecidos a ellos pero mejor armados. De modo que podríamos considerar la actitud de Pangur como digna de un buen docente. Raquel y un servidor no lo teníamos tan fácil. Cualquier niño es lo bastante listo como para saber manipular a un adulto; de no ser así, la evolución hubiera fracasado.

Raquel se ha ocupado de la parte llamada «agotemos todas las posibilidades de una piscina». A servidor le ha tocado hacerles el boca a boca, cerciorarse de que ni la hipotermia ni la hipoxia habían menguado sus capacidades psicomotrices y pasar a la fase llamada «hagamos algo antes de cenar». Y como acababan de enviarme desde Madrid unos documentos fundamentales tras el cierre del negocio entre los que se contaban (ni la agenda de contactos, ni mi fotografía con Penélope Cruz) algunas carpetas de anillas de cartón del bueno con páginas de sobres de plástico tamaño folio (que alguna vez contuvieron algo, presumo) se me ocurrió que podíamos darnos una vuelta por la finca y (hasta que fuera la hora de esperar a los erizos) recolectar una hoja de cada planta y hacer un álbum a modo de catálogo. Las plantas (árboles en su mayoría) representadas (y, a decir verdad, pegadas y rotuladas por Martina bajo mi no muy estricta supervisión) han sido las siguientes, en orden de almacenaje:

    Plátano
  • Cotoneaster
  • Melocotón
  • Álamo
  • Roble europeo
  • Yedra
  • Higuera
  • Arizónica
  • Acebo
  • Olivo
  • Kiwi
  • Laurel
  • Parra
  • Nogal
  • Cerezo
  • Madroño
  • Adelfa
  • Roble americano
  • Membrillo
  • Avellano
  • Serbal
  • Ciruelo
  • Fresa
  • Palmera
  • Encina
  • Saúco
  • Espino
  • Rosal
  • Peral
  • Bambú
  • Glicinia
  • Boj
  • Magnolio
  • Negrillo
  • Níspero
  • Yerbabuena
  • Galán de noche
  • Abedul
  • Manzano
  • Pruno

Y tres más, cuyo nombre ignoramos, y que Martina se ha comprometido a averiguar consultando a su profesora de ciencias naturales, pobre, pero que hasta ese momento hemos rotulado con la bonita leyenda «sin catalogar». Al final han quedado libres una media docena de páginas que bien puede completar con la flora madrileña cuando termine estas minivacaciones o con lo que nos hemos dejado cuando vuelva por aquí, desde el trébol al romero, desde el pino a la bolsa de pastor. Lo ha titulado, escribiendo en la tapa con rotulador del gordo Un cuaderno de Magaz. Buen trabajo.

En la tele ponían una película de gatos bajo cuyo influjo Martina devoró una buena sopa, una tortilla, un plátano y un par de ciruelas recién traídas de la huerta. Condición sine qua non para que su tía pasase a la fase llamada «vámonos a dormir» saltándose «esperar a los erizos» (por falta de tiempo, nocturnidad y conveniencia de dejar para mañana algún recurso defensivo lo suficientemente convincente), momento a partir del cual no sé nada de ellas. Supongo que están durmiendo juntas detrás de alguna de esas puertas que nunca abro. El televisor me informa de que:

1.- Ha dimitido Camps. Algo que merece ser repensado. Servidor llega, con cierta rapidez, a la conclusión de que es una buena estrategia ponerse en manos de un jurado popular cuando eres el candidato del partido popular más votado en la comunidad a la que pertenecerán los miembros del jurado popular que va a juzgarte. La verdad, la verdad, es que hasta me han entrado ganas de felicitarle.

2.- Se ha encontrado un gigantesco alijo de drogas en la localidad de Querétaro, cuyo nombre no nos sonaría en absoluto si no fuera porque la palabrita fue elegida «palabra más hermosa del castellano» por el Instituto Cervantes hace poco más de un mes. Irónico. Pero es cierto que oyes una palabra por primera vez y ya no hay forma de librarte de ella. A servidor le ocurrió, a muy temprana edad, con «Bacall», y le duró hasta hace bien poco.

3.- Han tirado al mar los restos incinerados de Rudolf Hess, el nazi. Lo han hecho en un intento de evitar que los neofachas peregrinen a su tumba, como si así evitasen el problema de que haya neofachas. Se me ocurre que los cantantes de éxito podrían cambiar de nombre. Así: Sabina podía pasar a llamarse Hitler, Serrat Hess y sucesivamente en consecuencia los nombres dejarían de suscitar en las pavlovianas mentes calvas sentimientos antisociales. ¿Soy yo el único que piensa que tras la decisión de hacer desaparecer esa tumba continúa en evidencia la incapacidad de un gobierno para educar a sus ciudadanos?

— Hay que tolerar a los intolerantes, me recuerda Pangur.
— Si son niñas pequeñas, sí, Pangur. Si son tipos grandes, calvos, estúpidos, crueles y manifiestamente faltos de cariño, lo mejor es preguntarse cómo han llegado hasta aquí. Hazme caso.
— Lo que tú digas. ¿Vamos a buscar a Yogur? Me preocupa que ande persiguiendo erizos.
— Vamos.

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