Tenemos un problema

No sé cuánto tiempo llevo conviviendo con esa realidad grosera e inarmónica que a otros, quienes sean, les parece merecedora de un respeto reverencial que nunca he conseguido sentir realmente. Puedo sentir respeto por un creyente, en dios o en la perfección de nuestra democracia, pero por sus creencias no tanto.

Llega quien sea y te asegura que esa gente que se las da de entender de vinos y que dice cosas sobre las notas de cereza de cierto caldo no son más que unos farsantes, y otro te asegura que el holocausto no fue para nada lo que se dice, o que tal castillo es templario, o que Hasél es artista de gran talento, no importa. Lo que importa es que te la juegas, que hemos llegado a un punto en el que lo mejor que se puede hacer es estarse bien calladito. Nos pasa que en ciertas deliberaciones democráticas, los demócratas olemos mejor si no estamos.

No es que te vayan a pegar, que tampoco sería extraño, es que contraatacarán una y otra vez a la objeción que les pongas gritando (sin darse cuenta, apasionadamente) la misma frase, que siempre empezará por la fórmula «pero yo lo que digo es que» para continuar con la repetición de lo que ya has oído. Si no muestras aprecio puedes ser acusado de no respetar la libertad de expresión consistente en no permitir que una conversación avance, o de comunista o tránsfobo y soberbio insensible; eso en el mejor de los casos, de terrorista en el peor.

Es una cosa grandísima y gravísima lidiar con un terrorista pero es muchísimo peor que se te acuse de serlo porque encuentras medievales ciertos procedimientos o porque crees que de verdad hay expertos catadores y que algunas habilidades se aprenden con el estudio y la práctica. El problema es que hablamos, la mayoría de las veces, desde un visceral conplejo de inferioridad disfrazado de razón verdadera, y que somos incapaces de darnos cuenta de que a lo mejor somos muy fachas y muy tontos, que es, de paso, darse cuenta de que el nuestro es un sólo problema.

No te pegarán, decía, confiadamente, pero tampoco te invitarán a ninguna reunión a la que asistan niños, mujeres embarazadas o, en general, personas normales, sensibles, que son esas que encuentra igual de razonable condenar el nazismo que el comunismo y defienden la libertad de expresión de sus ocurrencias sin reparar en que ninguna expresión mal informada o cultivada es realmente libre.

Menuda mierda. Resulta que nos implicamos en una batalla campal por el derecho a la libertad de expresión pero no discutimos sobre la ideología (y motivos) de quienes, intelectualmente erráticos, escudan tras ella su intolerancia, autoritarismo y su ambición.

Es más que probable que Hitler y Stalin puedan ser comparables en cuanto ejemplo de dictadores crueles y asesinos de masas; pero eso no significa que sus ideologías lo sean. Hitler representa la esencia de la suya, pero Stalin no. Y también es posible estar del todo de acuerdo con Hasél, porque demos a su «mensaje» un carácter de licencia poética (hipérbole) o porque la rabia nos cegó hasta ese punto, y con Isabel Medina, porque seamos así de brutos o porque la rabia nos cegó hasta ese punto, o en desacuerdo con ambos porque creímos que los extremos se tocan y que el ultravioleta es igual que el infrarrojo. Si somos demócratas, sabemos que la opinión no es delito si no se nos intenta imponer con mentira o violencia, y sabemos, también que la tolerancia, sin paciencia, sin discusión, sin diálogo, sin argumentos, sencillamente no es tal.

¿Cómo hemos caído en ese pozo de enfrentamiento obligatorio? No. La democracia es la democracia, no un campo de batalla, no una guerra que gana el que tumba a su contrincante con un último e ingeniosísimo «zasca» o lo deja tuerto con munición no letal. La democracia es diálogo, honestidad y lógica: un juego que no siempre gana el más demócrata, porque lo juegan todos; pero en el que hay que saber que perder no es motivo para romper la baraja (es la propia baraja la dueña de ese motivo). El problema: la democracia no está diseñada a imagen y semejanza de la cultura que nos dieron, ya se ve, pero tampoco de la que nos estamos dando, no es un dios ofendido, ni un oráculo airado, ni un cuadrilátero. Es una forma de evitar que la ignorancia acabe con los más débiles. Así que nos falta mucho.

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