Talante o tatrás

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Siguiendo con su inveterada costumbre de ofrecernos un espectáculo lamentable cada vez que deben de hacer uso de su capacidad de acuerdo, de su voluntad de gestión y, sobre todo, de su madurez de juicio, los políticos nos han puesto otra vez a escuchar los tambores de guerra tras el resultado del 13 en Castilla y León (que no se pareció nada al de Magaz de Abajo, vaya por delante).

El día de San Valentín no fue, por una vez, el ideal para solicitar matrimonios, ni siquiera para insinuar relaciones más o menos formales. Cualquier acercamiento al ser deseado se topaba en el peor de los casos con un desplante grosero, en el mejor con un «hacerse valer» muy a la antigua y hasta algo chulo.

— Por favor, caballero, que soy mocita –le dijo el PP a Vox al primer quiebro. Que es como decir «de aquí no va usted a pasar, pero por favor, llegue hasta aquí». Una respuesta alrededor de la que, inmediatamente, el silencio se tensó y rompió en bufonearías, protestas, apotegmas, augurios y profecías del fin del mundo.

Pero…

Resulta, ahora, que el PP tiene principios. A lo mejor esta amenaza por «su» (adviértase, por favor, el entrecomillado) derecha le aproxima a la refundación que necesita si aspira a ser algún día la formación conservadora pero moderada que siempre afirmó ser, o sea: demócrata y moderna. Significaría un gran avance para la dialéctica y un serio revés para Vox, que encontraría sobre su techo las recias y redondas posaderas de un vigoroso partido liberal, pero fiable, y a sus pies el abismo de ignorancia que él mismo ha estado cavando desde su fundación en el siglo XV.

Pero si el PP quisiera de verdad contener a Vox entre el abismo y su culo, en la zona que se merece (marginal, doméstica, inofensiva) tendría que empezar por hacer tres cosas: condenar el franquismo, suscribir y mantener las leyes de memoria histórica y dejar de judicializar la política sin motivos de verdadero peso. Tres cosas que Pablo Casado no ha mencionado en su reciente declaración de principios; pero que dejarían muy clara su independencia de la estirpe de Vox, esa genealogía nostálgica y casposa a cuyos pechos sólo crecen ladrones de lo público, caciques y malcriados.

El PSOE no lo tiene más fácil, pues ¡debe confiar en el PP!; en que no desatará con una mano lo que haya atado con la otra. Así que lo que es verdaderamente necesario para que este problema de Castilla y León se resuelva con bien, es un amplio acuerdo que comprometa a las fuerzas políticas en la restitución de la confianza mutua o, cuando menos, de la formalidad política y parlamentaria. Habrá que hablar de nuevo de transfuguismo, de listas más votadas, de corrupción, de bulos, de descalificaciones, de contención del fascismo, de pactos de estado y del valor de los pactos. No digo que volver a aquello que Zapatero llamó erróneamente talante –y que hoy es más bien tatrás– vaya a disolver por arte de magia un mosqueo ambiental como el que respiramos, pero sería un paso importante para asumir ciertas servidumbres que las diferencias específicas deben al género compartido. Vox se aislaría a sí mismo ante semejante convenio, así que una presión menos.

Hemos dado por hecho que existe una inteligencia de fondo, o de partido, a la que apelar; pero visto que Díaz Ayuso ha vencido a Casado, que ha sido «más lista», es evidente que sostenemos una propuesta improbable.

— Tatrás.

Si Ayuso se hace con el PP, refundar los márgenes del comportamiento político se volverá imposible. Como sea, los partidos deberían de recordar, siempre, pero especialmente en estas crisis, que no son privilegiados jugadores de alguna forma de ajedrez exclusiva de los interesados en la posesión del tablero, sino representación de la comunidad; recordar, en suma, aquello que en alguna ocasión oí decir a don Gustavo Bueno: que cuando «diferencias» sociedad política de sociedad civil lo único que estás diferenciando es el griego del latín.