Privacidad

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I.- Suena el teléfono: una señorita que aparentemente no tiene otra misión en el mundo que la de procurar mi bienestar quiere saber si estoy conforme con la factura de la luz.

— Sí.
— ¿Está conforme con la subida de tarifas de los últimos meses?
— No.
— ¿Sí o no?
— ¿Conoce usted a Ornet Colleman?
— No ¿quién es?
— Estaba escuchando un disco suyo cuando ha llamado usted con su pregunta extraña.
— ¿Y?
— Está usted utilizando un medio de comunicación privado para hablar conmigo y no sabe usted qué música me gusta.
— No tengo por qué saber eso.
— ¿Y mi edad?
— Tampoco.
— Entonces no tiene usted por qué usar un medio privado para hablar conmigo. ¿Sabe cómo se llama mi gato?
— Mire, señor, yo solo quiero explicarle…
— Envíeme una carta.
— Pero yo le estoy ofreciendo algo que estaba usted esperando desde hace tiempo.
— «Eso que estás esperando / día y noche, y nunca viene; / eso que siempre te falta / mientras vives, es la muerte».
— ¡Qué tétrico! ¿Es suyo?
— Que más quisiera, es de Augusto Ferrán.
— …
— Envíeme una carta.
— Si me da usted su dirección postal.
— Pangur.
— ¿Perdón?
— Mi gato, se llama Pangur. Se lo paso.

Mientras Pangur conversa con la señorita pienso que la privacidad es la nueva clandestinidad, la verdadera resistencia, incluso; nunca en un grueso volumen porque no escribo gruesos volúmenes y nunca en las sobremesas porque no quiero que me expulsen de las sobremesas (me encantan las sobremesas), pero llevo años diciéndolo aquí y allá esperando sin éxito que a alguien le parezca una frase digna de mayor desarrollo: fuera de la privacidad no hay salvación.

— Que yo me entere –oigo decir a Pangur. — Si a final de año la media abonada difiere al alza de la correspondiente al total declarado por la AEM se me mantiene la cuota premier y si no se me prorratea un ajuste ricardiano al alza en los tres meses siguientes a la última factura pagada.
— …
— ¡Cómo que no me entero de nada! ¡Es usted una impertinente, señora, y una ignorante. ¿Conoce usted a Ruiz Zafón?
— …
— Sí, a mi también. Es que empiezo un libro y no puedo parar. ¿Tiene usted gato?

Pangur no lee nada que no esté leyendo mucha gente, no opina nada que no opine todo el mundo y nunca persigue nada que no huya.

— ¡Uy! Una raza conflictiva. Se lo digo yo que soy medio medio y tengo mis arranques; aunque el pelo largo ¿eh?, que siempre suaviza el carácter y más aquí en Magaz de Abajo. Pero… Me decía entonces que acogiéndome a su Plan Ahorro Seguro puedo salvar a Ucrania…
— …
— Mucho pedir, claro, claro. ¿Sabe qué pasa?, que yo en realidad veo muy bien de noche y no uso el frigorífico ni la televisión, ni nada. Vamos, que la electricidad a mí…
— …
— Ha salido.
— …
— Pues no tengo ni idea, ¿qué hora es?
— …
— ¿¡Tan tarde?! Perdone, le dejo.

Pangur ha colgado y se ha acurrucado a mis pies.

II.- Termino de leer un poema de Constantino Bértolo, en gallego. Últimamente estoy leyendo un montón de cosas entre medias de «Pío Baroja a escena», de Miguel Sánchez-Ostiz, que es un libro considerablemente grueso y placenteramente privado y resistente. Me gustan esos libros que reciben a otros sin inmutarse.

Mi gallego es de ese que se entremete por necesidad en el castellano de estas tierras (que de trabajar sabe poco), así que he ido tirando de diccionario; pero no he consultado algunas palabras porque no quería apearme de la música. Ese fraseo que atrapa y arrastra y apura la respiración. No diré gregoriano, pero sí que es un libro para no fumadores. Trasmite aliento, la libertad que se desprende de una estructura orgánica, con vida. Leyendo a Bértolo, me da rabia que ya no celebremos aquellos conciertos de Favorables, en CentroCentro, donde músicos y poetas se fundían en un trabajo común, no acompañándose los unos a los otros, sino que hacían juntos una cosa tercera, se atravesaban.

Mientras Pangur se ocupa, por suerte, de lo que pasa, yo encuentro en libros fuera de lo que pasa todo lo que pasa. Lo que realmente no me ayuda a resolver lo que pasa, pero a soportarlo sí.

La Naturaleza, la celebración de una Naturaleza menor y así grandiosa como los héroes de Novoneyra: gente común. La Naturaleza revisitada desde el asombro, pero también desde el conocimiento, hija de la contemplación y de la referencia: «A historia ábrese e vaise Desmadéirase e calla outra vez en xeografía». La mirada lavada: «A face do Poeta era face de quen chega de moi lonxe». Lo mostrado que es a un tiempo nuevo y vivido y sobrepasa a lo vivido y desde ahí avanza y avanza el mismo y otro sin rehuir contradicciones ni conflictos (en su asunto como los ríos que van a dar a la mar… etcétera) a sabiendas de que es lenguaje, habla; más no un habla cualquiera, sino esa popular (de clase): «O poema non dá peras… Mais… é auga». Habla que es relación (radial, angular) con las cosas y los enigmas y que (circular, como esos ríos suyos que abrazan y regresan a su fuente) «Chámanos para facer veciñanza».

La otra lectura que estaba alternando era la de Rafael Barrett. Gracias a Juan Carlos Jiménez, que se ha ocupado de hablar de su filosofía –y no de su breve y despampanante vida– con autoridad medida y hasta humilde en un librito que les desafío a encontrar fuera de mi biblioteca, he recuperado a un autor que me reembolsa, pieza a pieza, la confianza invertida en el ser humano. Pero también he recuperado cierta forma de pensar, cuidadosa, consciente de sí misma, privada y trascendente a un tiempo. La vida parece un asunto capaz de transcurrir entre personas educadas; hasta que vuelva el teléfono a interrumpir a Ornet Colleman.

— Yo lo cojo, dice Pangur.

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