¡Mermelada!

Al grito de «¡Mermelada!» los británicos han abandonado la Unión Europea. Sorprende que lo hayan hecho sin saber muy bien si será bueno o malo para ellos, y los demás tampoco sabemos muy bien cómo nos irá sin semejante asociado, pero sorprende aún más que dicha salida se produzca tras un referéndum ganado (o perdido) por un margen mínimo. Parece que hay decisiones (en particular las que nos implican o excluyen colectivamente de grandes alianzas políticas que, sin duda, determinarán nuestro futuro) que deberían de tomarse obligadas por participaciones más numerosas y mayorías más amplias. No dice servidor nada nuevo si insiste en la inconveniencia de que ciertos resultados provoquen una división aún mayor que la que se deseaba dirimir, y hasta un previsible y generalizado arrepentimiento (como está siendo el caso). Inquieta que un tema así (sobre el que se ha discutido en más de una ocasión sin repercusiones prácticas) no se haya resuelto de forma constitucional. Pero también inquieta (mucho) que un tipo diga que las «decisiones difíciles» no conviene preguntárselas al pueblo y a renglón seguido gane unas elecciones, conque ya ven: una mala semana.

Habrá que tomar nota de algunas verdades en adelante de Perogrullo, a saber: durante una campaña electoral no se comienza ninguna frase diciendo «tanto si quedamos segundos, como si quedamos terceros…»; durante una campaña electoral no se pide la ayuda de una fuerza adversaria aduciendo que son ellos los que tienen la experiencia de gobierno que a los de uno les falta; durante una campaña electoral no se pretende ser otro; durante una campaña electoral, por último, quizás convenga, incluso, enfrentar sin complejos algunas acusaciones. En fin, servidor ha hecho lo que le han permitido hacer, que no es poco: no estorbar y votar a los terceros.

Como de nuevas elecciones no quiere hablar nadie (ni un servidor, ni nadie) ahora toca asumir una resistencia inteligente y quizás convenga estudiarse aquella moción de censura que el PSOE promovió contra Adolfo Suárez en 1980 y que un Felipe González que ahora nos gustará poco o nada, pero que entonces demostró tener el estado en la cabeza, perdió, a falta de 24 votos, garantizándose un crédito personal que le llevó a ganar las elecciones dos años después. Un aparte: Fraga le dijo a González que le faltaban canas para ser presidente, dos meses después las tenía. Un cambio de imagen que resultó menos irrelevante de lo que se podría pensar.

Dirán ustedes que esto que está haciendo servidor es muy fácil, y tendrán razón si admitimos que leer es más fácil que escribir, o que escribir una crítica es más fácil que escribir un relato; pero también es muy triste porque, por un momento, pareció que la tostada iba a caer del lado correcto y que iba a poder darse por concluida la urgencia (por mitigada, al menos) que nos sacó de nuestros quehaceres como de nuestras casillas hace… No importa, lo que importa ahora es la lectura que los autores, actores y escenógrafos de la estrategia progresista sean capaces de hacer. Puede ser traumática, debe ser productiva. La de la oposición no es, ni mucho menos, la peor de las banderas en estos momentos; y (aunque tampoco se haya ganado ese liderazgo) de la firmeza, la responsabilidad y, sobre todo, la unidad con las que se sostenga dependerá nuestra salud social, física y mental durante los próximos cuatro años; con suerte, menos. De momento seguimos sin entender por qué al final nos ha salido lo que no queríamos, por qué nos hemos quedado como los británicos pero sin mermelada.

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