Apocatástasis

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Salió servidor esta mañana de Magaz De Abajo hacia Ponferrada con la sensación de que el único español abiertamente perturbado que queda en el mundo es ese que se ha plantado desnudo en la Galería degli Uffizi de Florencia ante El nacimiento de Venus de Botticelli y le ha lanzado pétalos de rosa; que los demás, por desgracia, han aprendido a mantenerse quietos entre un puñado de términos, a sostener un equilibrado tono continuo de aceptable salud mental consistente en aparentar sentido común. Servidor, si le dan a elegir, prefiere el sentido del humor, o el del ritmo, pero se conforma con el común aunque le fatigue porque, a pesar de sus muchos esfuerzos por conseguirlo, aun no logra prescindir del todo del trato humano.

Servidor llegó a Ponferrada a las 08:30, se apeó en las inmediaciones de la plaza de Lazúrtegui y, a pesar de lo desapacible del día, decidió caminar hasta la calle Ancha. La luz, maleada por la llovizna, le daba a la ciudad un aspecto teatral y, de no ser por alguna que otra chirriante edificación pseudomoderna cuya agresión suple el caminante a fuerza de cariño, armónica. El Sil parecía venir desde otros tiempos y dirigirse a la nada como un cuchillo de barro bajo la imponente presencia del castillo que, ensimismada, imperturbable -y a la que uno no acaba nunca de acostumbrarse- ofrecía a servidor, a la ciudad quizás, una seguridad sorda y muda, pero secretamente necesitada. A las 09:00 servidor cerró el paraguas, se refugió bajo un balcón y encendió un cigarrillo. Junto a él, un hombre joven que también fumaba le sonrió con complicidad y dijo mirando al suelo brillante:

Suárez fumaba.
— Y Carrillo más, le respondió inmediatamente servidor, dispuesto a no dejarse amilanar.
— No es lo mismo, dijo él tirando la colilla y pisándola con estudiado aire de galán cinematográfico. Luego, con enfática educación, sentenció:
— Tenga usted buenos días.

Servidor lo miró un rato alejarse, luego le dió la espalda al Plantío, embocó la calle Ancha y caminó algunos pasos en dirección a la Plaza del Ayuntamiento antes de entrar en el café de Arlés, donde casi una docena de personas miraban en el televisor un programa dedicado al expresidente. En Madrid estaban pasando otras cosas, y en el mundo, pero la cámara no dejaba de mostrar alternativamente imágenes de archivo, visitas de personalidades a la capilla ardiente y una larga cola de ciudadanos que pacientemente esperaban su turno para despedir a un hombre al que acabaron queriendo.

— El mejor político que hemos tenido, le dice una señora a la que parecía ser su hija y que asentía sin levantar la vista de su café con leche.

La madre de un servidor sostenía, y aún sostiene, que Suárez no era terrícola, que era demasiado guapo. De hecho le votaba, a pesar de desconfiar de la democracia tanto como el régimen le había enseñado a desconfiar, por guapo. A los jóvenes menos fantasiosos les tentaba Felipe González, del que se decía (hablando en clave) que era «majete». En aquella época, los españoles de a pie no sabían hablar más que en clave y, desde luego, no sabían hacerlo de política. Mejor dicho: hablar de política era otra cosa, era dominar un complejo discurso sobre la perspectiva histórica, las condiciones objetivas, el malestar lumpemburgués, la historia desde abajo y los valores de cambio y uso que sólo estaba al alcance de los valientes. Un discurso al que los grandes partidos no tuvieron que oponer, por cierto, más que una palabra para desarmar durante cuarenta años: consenso.

Las cosas podrían haber transcurrido de otro modo, pero difícilmente se podían haber hecho mejor sin asumir males mayores. Por lo demás, el juego se repartía entre el póker, elegante y mudo, y el recién inventado tetris, más popular y ruidoso, y a Suárez le perjudicó jugar al uno con los amigos y al otro con los enemigos, o viceversa, y se quedó atascado en lo que debía desatascar. En cualquier caso no vienen de aquellos barros estos lodos, sino que la basura se fue amontonando después, bajo la mesa de una partida cada vez más enredada en sus trampas… y en la ceguera de una sociedad encantada de su recién estrenado consumismo….

— Empezamos.

Lo que hacía servidor en Ponferrada era dar una rueda de prensa informando del calendario de la formación Podemos de cara a la próxima semana. Y lo que querían saber los periodistas era si se concurriría a las Municipales dentro de un año. Servidor, recordando de pronto al joven que fumaba bajo el balcón, respondió que eso es lo que hacen los partidos: se presentan a las elecciones. También le preguntaron por la minería, lo que tiene más lógica porque hay demasiadas familias apremiadas por su dependencia de un sector que se derrumba, a pesar de que hubo dinero para evitarlo. El futuro de la minería es esclavo de factores en buena medida ingobernables, pero no abandonar a su suerte a quienes viven de ella es cuestión, puramente, de voluntad política. No se ha tenido. La voluntad política, en general, en este país, ha brillado por su ausencia.

Al terminar servidor desanduvo despacio su camino, disfrutando de la cuesta abajo y de la pura palidez del tiempo que, como él, parecía ajeno a todo envuelto en su viejo gabán, y se dispuso a esperar en San Remo, tomándose un godello y el pincho que tocase, a que Raquel saliera del instituto. Aprovechó para leer la prensa (La Nueva Crónica, que estaba libre): «Cuatro regidores del PP y tres del PSOE imputados en la provincia por delitos de corrupción…» Le gustó a servidor la prudencia del redactor del titular, que se curaba en salud escribiendo: «Al menos siete alcaldes…»

— ¡Suñén!

Rober, que acababa de entrar con unos amigos, literalmente arrastró hasta la barra a un servidor. Se le veía tan feliz como si le hubiese tocado la lotería, pero no era eso, dijo, sino que ayer, al querer bajarse del autobús, este hizo un arranque en falso, él perdió el equilibrio, se le cayeron las gafas y se le rompieron, de modo que hoy veía sólo a medias.

— Le pregunté al conductor si existía un seguro que cubriese estos casos, pero él se limitó a llamar a los municipales, que llegaron enseguida, me vieron sacándole una fotografía al autobús y me quitaron el móvil.
— Y de ahí tu alegría.
— Me río por no llorar.

Alternamos un rato y antes de despedirnos (Rober llegaba tarde a la comisaría a recuperar sus pertenencias y aclarar el embrollo) alguien preguntó si habíamos leído el artículo de Juan Carlos Monedero sobre Suárez, que parece haber molestado a más de uno. Cuando se fueron, servidor buscó en su portátil y se sentó a leer al compás televisivo del grupo Jarcha y su Libertad sin ira. No parecía tan grave. No era oportuno, si se quiere, pero tampoco para indignarse. Para indignarse es que a la Ponferradina le haya pasado por encima el Tenerife, que es un golpe bajo; para indignarse es que cientos de miles de personas protestando en Madrid no existan, que es orwelliano; para indignarse es lo que le ha acurrido a Rober, que es propio de gobiernos descuidados e inseguros. Un artículo de opinión es un artículo de opinión, como un funeral de Estado es un funeral de Estado, aunque si sobre algunos escritos con el mismo pretexto puede decirse que parecen confundir hablar de aquel renacimiento español al pluralismo político (que costó, efectivamente, más muertos que la revolución portuguesa) con arrodillarse ante El nacimiento de Venus, al de Monedero cabe responder que quienes abrieron el proceso de marras lo hicieron contra sus propios miedos y que si aquello no ha terminado nunca (como tantas cosas que se empezaron entonces) y hemos pasado del post-franquismo al petit franquismo huyendo siempre de la prometida apocatástasis democrática en favor de la cultura del crecimiento insensato, será por culpa de muchos, incluso de muchísimos. Poner el símbolo de la farsa sobre la caja del muerto es (o lo parece, y esto es otra opinión) demasiado cómodo si tenemos en cuenta la perspectiva histórica, las condiciones objetivas, el malestar lumpenburgués, la historia desde abajo y los valores de cambio y uso.

Como salida de las aguas llegó Raquel a las 13:45, o quizás a las 14:10 o a las 15:00. Servidor había perdido la noción del tiempo.

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