Osip Mandelstam: Tristia

El corazón del siglo


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– Prólogo de Joseph Brodsky.
Traducción y epílogo de Jesús García Gabaldón.
Igitur. Tarragona, 1998. 179 paginas.

Si, como dijera Marina Tsvietáieva, Esenin murió a causa de haber tomado un encargo ajeno (del tiempo a la sociedad) por suyo (del partido al poeta), Osip Mandelstam (Varsovia, 1891-Vladivostok, 1938) lo hizo en nombre de un futuro que nunca pudo ver como otra cosa que el “encargo” de la civilización a todo aquel que crea en ella. Adscrito, como Ajmátova, Gumiliov o la propia de Tsvietáieva, a la corriente acmeísta (promotora de la “nostalgia de una cultura mundial” y renovadora del inflado simbolismo anterior), Mandelstam fue uno de esos poetas capaces de poner sus convicciones estéticas por encima de su miedo, que no fue poco. Eso le costó la vida.

Otro poeta, Joseph Brodsky, en el texto que sirve de prólogo a esta edición, dice refiriéndose al ambiente que rodeaba a Mandelstam ya antes incluso de la muerte de Lenin que “cuanto más clara es una voz, más disonante suena”, que “cuando un hombre crea su mundo propio, se convierte en un cuerpo extraño contra el que apuntan todas las leyes”. Y, en efecto, el dominio del verso desde la inteligencia de quien posee un punto de vista a la vez amplio y bien enfocado, su forma de ver la tradición, y aun la historia, como acontecimientos inseparables de la experiencia diaria, su lógica de lo hermético, de lo inesperado, la viveza de una palabra tensada al límite mismo de las capacidades de la lengua, de Mandelstam (su cualidad de «cuerpo extraño») se pondrían definitivamente de manifiesto con la publicación de Tristia en 1921 (entonces titulado Segundo libro), a la que seguiría, en 1928, la versión incluida (ya con su título definitivo) en el volumen Poesía, que incorporaba una colección anterior (Piedras, 1913) y los poemas escritos entre 1921 y 1928. El resto de su producción poética (fue también un excelente prosista) aparecerá con posterioridad a su muerte.

Sólo un buen poeta sabe poner en relación el pasado con el presente sin abjurar de uno ni hipotecarse al otro, esto es cierto en todas las épocas; pero a lo largo del primer cuarto del pasado siglo adquirió visos de alternativa, se convirtió en una elección obligada y peligrosa. Y llegado ahí, un Mandelstam que aúna la tradición de su origen judío con un cristianismo panhelenístico y pagano, que sostiene el aspecto (y el sentido) más desafiante del pasado –como cultura, como mezcla, como promesa de civilización– desde una mirada que apunta certeramente a la modernidad, no podía sentirse cómodo ni resultar cómodo. Tampoco era un conservador. San Petersburgo le había hecho lo bastante libre como para no ignorar que debía dar cuenta de su realidad, que cada tiempo tiene su lengua y nadie las llaves de otro reino que no sea el suyo. Aunque el suyo, poco a poco y a su pesar, se le fuese escapando entre los dedos hasta que el poema (pensamiento político) se convirtió en su único confidente fiable. Por eso cuando llega el momento no se lamenta. No es la suya una voz quejosa (ni siquiera en los momentos terribles: “Estoy en el corazón del siglo. El camino es oscuro”), sino tan segura de su aprendizaje como de su soledad, aprendizaje y soledad desde los que da cuenta de un acontecimiento que le fascina y le duele al mismo tiempo, que es parte de él como el amor, o la ciudad. Una voz que en sus inflexiones más litúrgicas se volverá a menudo sorprendentemente anticipadora: “¿Quién puede decir al oír la palabra despedida / qué separación nos aguarda?” Un verso que remite al proceder poético de quien no dice, de quien no entrega el sentido como un mensaje, sino como quien da en el pensamiento poniéndonos frente al objeto (aunque ese objeto sea una palabra), dejándonos solos con su fragmento de música, hasta que su materialidad emocional se nos aparezca en efecto: se haga verdad y no simple credulidad. Por eso su clasicismo no es un mimetismo (por más que Tristia apele a Ovidio, el Erebo, Fedra o la Acrópolis) ni él nada distinto de un poeta de la modernidad, una voz a la vanguardia de las voces.

De hecho Mandelstam no fue nunca enemigo de la revolución, sí de tanta pobreza intelectual posterior; pero lo que en la época de Lenin era una simple diferencia de punto de vista entre poetas, nada más grave que saludable, se cebó en esa actitud hasta convertirse bajo el mandato stalinista en una abierta hostilidad hacia el autor de estos poemas. Condenado al ostracismo y perplejo ante la insistencia de un acoso estético imperiosamente político, responderá finalmente a las más o menos directas invitaciones a cambiar sus modales políticos escribiendo un famoso poema contra Stalin (sin título en realidad, pero del todo inequívoco):

… al montañés del Kremlin siempre evocamos.
Sus gordos dedos son sebosos gusanos,
de sus bigotes se carcajean las cucarachas…

Un poema que, a decir de muchos, provocó su primer destierro en 1934. “El poder es repulsivo como los dedos del barbero”, había escrito Mandelstam un poco antes, ese mismo año. Y sólo cuatro más tarde un poder repulsivo y con muchos dedos lo envió a morir a Vladivostoc. Durante los siguientes quince el stalinismo puso sobre su memoria una losa que no fue fácil levantar después. De hecho la presencia generalizada de Mandelstam en otras lenguas no adquirió solidez antes de la década de los setenta. Y hay que pensar que la aparición de Contra toda esperanza, las memorias de Nadiezhda Jázina (Nadiedzha Mandelstam), esposa del poeta, no fue ajena a este interés. El libro, sobrecogedor, bellísimo, lo publicó en España Alianza Editorial, en traducción de L. K. De Velasco (Lydia Kúper), en 1984, y constituye un espléndido relato tanto de los últimos años de la vida de Mandelstam como de la época que le tocó vivir. En nuestro idioma, recuerdo que Mandelstam figuraba en la Antología de poesía soviética de Makarov (en Júcar) en 1974, y también, traducido por Eliseo Diego, en una publicada en La Habana, en 1987, “en saludo al 70 Aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre”. Más cercanos a la fecha de esta edición se publicaron en Revista de Occidente, de la mano de José Fernández, algunos poemas suyos.

Todo lo cual no hace sino recordarnos que, aún hoy (es decir, desde 1974 hasta hoy), nuestra familiaridad con la mejor poesía rusa de estos años, que pronto distarán un siglo, es más poca que mucha. Es justo pues celebrar la publicación de esta versión de Tristia y otros poemas como el primer paso firme hacia un encuentro necesario, aunque largo tiempo aplazado, que debería (esperemos) ser frecuente reencuentro en lo sucesivo.

ABC Cultural. 17 de septiembre de 1998