Me quedo en casa

El coronavirus no es más que un virus, desclasado, pero un virus. No va a ganar porque necesita a su víctima viva para sobrevivir; nos ha hecho y nos puede hacer, eso sí, mucho daño antes de darse por vencido.

Sin embargo nos ha enseñado a actuar contra lo que nos perjudica, que es hacer nuestra vida normal, salir, ser libres, consumir y contribuir así a nuestra propia desvalorización. Resulta que siendo, como somos, el pagador último de cuanto se gana en el planeta no nos estábamos haciendo valer, no nos dábamos cuenta de que es también un virus el liberalismo, que se infiltra en nuestras mentes y se las come sin darnos a cambio el paquete de acciones correspondiente, y no nos dábamos cuenta de que tenemos a un rey emérito en fuga porque la impunidad de los poderosos se ha infiltrado –a través de una educación y de una información doctrinarias– en nuestro sistema inmune. Vivimos rodeados de virus con dos piernas, o con estatutos, o con maza. Vox es un virus que afecta a los cerebros débiles y a las almas ennegrecidas por la envidia de mérito. El PP ha ignorado la realidad, la ha sustituido por la estrategia (dejémoslo en estratagema) en el peor momento para dejarse llevar por el ventajismo cortoplacista; no sé en qué creen, pero si es en algo que les dirige desde alguna forma de iracundia sagrada deberían de vacunarse. En serio: si hay alguien en la derecha con dos dedos de frente haría muy bien en manifestarse ahora e imponer cordura en un contexto que no se remonta ni en solitario ni a piñón fijo.

Los bancos se han transformado en un virus que fagocita la inversión en éxito transformándola en préstamos al fracaso. Las empresas, las grandes empresas que se dedican a ganar dinero para crear puestos de trabajo no crean puestos de trabajo, sólo trabajo a cambio de limosna. Tampoco deben de ganar dinero útil, si necesitan tanto las exenciones de impuestos, el despido libre y los paraísos fiscales; si ganasen dinero útil harían lo que dicen que hacen las empresas y pagarían los impuestos que no pagan en lugar de comportarse como parásitos. Así que no, las grandes empresas no ganan dinero (nos habríamos dado cuenta), nos lo quitan. Son un virus que, al contrario que el coronavirus, parece decidido a acabar con su hospedador.

— Pero no lo necesitan. ¿Por qué iban a hacerlo?
— Porque les dejan.

Por supuesto que las cosas pueden ser de otra manera. Pero para eso hace falta que pensemos de otra manera y que reaccionemos de otra manera y que olvidemos algunas palabras. Para eso hace falta que leamos algunos artículos que antes tachábamos de «visionarios» (o «extremistas» o «ingenuos» o «excéntricos») con ojos nuevos, hace falta que no aceptemos entrar en la nueva normalidad con los sentidos acostumbrados a la vieja política (¿hubo una vez una nueva política, o lo he soñado?). En nuestras manos está que la nueva normalidad no sea una nueva temeridad. En nuestras manos está la defensa de nuestra dignidad y la del planeta.

— Quédate en casa. Es mejor morir confinado por la libertad que ser un prisionero en el exterior; quédate en casa aunque te supliquen que salgas.

Y sí, se diría que sin un nuevo proyecto de mundo, un futuro, lo único que puede hacer una persona decente hoy por hoy es quedarse en casa, encerrarse hasta que las garantías sanitarias, ecológicas, económicas, educativas, laborales, fiscales, sociales… garanticen un mínimo humanismo. La nueva realidad sin nuevos pactos será la vieja con otro uniforme.

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