Los tres días (I)

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Es la tercera vez que la anciana pregunta si retira los platos con restos de entremeses que ya estorban sobre la mesa. Tiene cara de pocos amigos.
— Ochocientos millones de topillos, digo respondiendo al comentario de alguien, — es una realidad para los agricultores que los políticos contemplan todavía como un dato circunstancial: esperan que se arregle solo, como los espartanos en las Termópilas.
— Déjelo ahí señora, dice Mario.
— Los agricultores empiezan a pensar muy seriamente en tomar sus propias medidas y los políticos a preparar expedientes de crisis que les procuren algunas subvenciones. Mientras, los topillos medran porque han aceptado vivir con un gusto rastrero y porque comen de todo sin importarles más que llenar el estómago y aparearse lo más frecuentemente posible con alguna topilla a la que camelan con libros de Jodorowsky.
— ¿Seguro que hablas de los topillos?, bromea mi cuñado.
— El caso es que ahora les ha dado por las viñas, y eso es otro cantar. Pásame el pan, gracias. Su infeliz idea les ha hecho salir en las páginas de economía y eso, eso sí que va a significar su ruina. Una cosa es esquilmar al pobre, pero ahora empiezan a esquilmar al rico y a los políticos no les va a quedar más remedio que hacer bien sus deberes. «Ahora» aparecerán los venenos selectivos y las soluciones eficaces. Los topillos se las van a ver con gente sanguinaria y expeditiva.
— Lo cuentas como si los topillos fueran «los buenos».
— Desde luego no son los malos… Habría que averiguar qué ha causado la plaga… ¿Dónde están sus depredadores naturales?
— Deberías escribir una novela… No sobre los topillos, entiéndeme, me dice Mario cambiando de tema.
— ¡Qué manía!

De vez en cuando alguien me dice que escriba una novela. Me lo dicen con buena voluntad, pensando en mi economía doméstica. Y a mi me suena como a le sonaría a Tapies que alguien le sugiriese pintar un paisaje con ciervos.

Mi cuñado me hace notar, que por muy malas que sean las películas de Torrente, la gente sigue viéndolas más que las de Bergman, o que las de Antonioni.

— Es evidente. Diga lo que diga la crítica.
— Será evidente, Mario, pero es un argumento ad populum afirmar que eso las hace buenas. Además, a la larga dejará de ser real, respondo. — Igual que no será real que Ágatha Christie venda más que don Miguel de Cervantes o que los cigarrillos sean mejores que los puros. No conviene confundir la poluraridad con la calidad.

Le explicaba que hay cosas que no acontecen en el mundo sino a la sombra de gustos tan escasamente formados como circunstanciales, que sean bien recibidas en un momento dado no las convierte en reales…

— Lo que quieras, pero yo te lo decía porque creo que deberías escribir una novela que se vendiera bien, de éxito, y no esos libros de poemas que…
— No me salen.
— ¿…?
— Esas novelas «de éxito»: no me salen.
— Porque no quieres, me replica el cuñado. — ¡Qué bueno estaba este pájaro!
— …
— ¿Un postre?, pregunta Marga, la hermana de Raquel.
— Sí, claro. Pregunta si tienen tarta de queso.
— Me cansa esa cantilena de lo que se vende, ese tópico del éxito de la mediocridad, protesto.
— ¡Hijo, Suñén!
— No sé, Raquel… Es que en menos de una semana nos hemos quedado sin Bergman y sin Antonioni, y puede que sin un poquito más de eso que llamábamos el cine. Al menos a mí me mostraron una forma de ver el mundo que, sin ellos, quizás no hubiese acertado a encontrar del todo. Cosa que nunca logrará Torrente, por muy gracioso que sea.
— Pues los admiradores de Torrente estará hechos polvo, porque ahora se liarán a poner por la tele todas las de Bergman.
— Y las de Antonioni.
— ¿Más tarta?
— Pues me alegro.
— Yo sí, dice Marga que nos mira con el plato en la mano y cara de desafío. – A ver, Suñén, resume.
— Una cosa es lo que se vende, otra lo que dura. Resume tú.
— Que Torrente arregle lo de los topillos. Te toca, Mario.
— Una cena de cine. ¿Raquel?
— Las copas en casa.

Ya en casa, tras las copas y una vez concluida la velada, me instalé el eMule y quise bajarme «300», por curiosidad. Así que tecleé «300» y localicé y descargué un fichero que aseguraba que la película estaba en español y grabada en buena calidad. Ha tardado tres días en bajar (hasta hoy, que pongo fecha a estas líneas) y cuando he querido verla ¡era un anuncio de fitness! En fin, que la he borrado y también el eMule de las narices. Debe ser que hay quienes no ven según que películas simplemente porque algo se lo impide constantemente.

Quizás es servidor una de esas personas a las que la entrada a ciertas realidades se les tiene más prohibida que a Carpanta comer conejo. Seguro que si me voy al cine a ver Torrente con Raquel, para celebrar nuestras bodas de papel, que se cumplen hoy -en vez de (lo que explica el retraso en la publicación de esta líneas) cenar opíparamente unas almejas vivas como gallegas y un gallo de corral con el tinto Alión que nos trajo Mario, y luego saborear un Lagavulin cortesía de los amigos de San Sebastián de los Reyes charlando de naderías- nos equivocamos de sala y nos vemos una de Bergman. A mi, desde luego, ver una mala película o leer un mal libro -sin obligación- son cosas que no me salen. No me salen.

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