El fin del mundo y tal

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Uno termina por acostumbrarse a que le ofrezcan extrañas comparaciones –tal provincia (generalmente Soria, no me pregunten porqué), tantos campos de futbol (330.000 han ardido este año en España) o piscinas olímpicas, presupuestos de países africanos, vueltas al mundo, elefantes, soles, pelos– para facilitarle la comprensión de magnitudes y ahorrarle tener que procesar palabras como hectárea, lumen, litro, euro o gauss. La palma se la lleva un artículo de complicado rastreo pero al que accedo a través de Pablo Javier Piacente, en Tendencias21, que compara la intensidad del mayor campo magnético medido hasta la fecha en el universo con la de 300 mil millones de imanes de nevera.

He dejado dicho a mis cada vez más escasos allegados que en mi lápida graben: «Ya lo entiendo».

Siempre he creído que el final de la vida es también el de un largo hilo de pensamiento pertinente, el de un trabajo artesanal repetido, quizás, cien veces antes, pero un día acabado por satisfecha su motivación. Así pienso el destino de los pobres, de los honestos, el fin del mundo de las personas de bien. Generación tras generación entendiendo las cosas a pesar de comparaciones obstinadas en sustituir, no en aclarar…

Empero…

Para los malvados imagino un futuro en el que los científicos han encontrado al fin la forma (carísima) de hacernos vivir por siempre a fuerza de experimentar con cerdos troceados. Yo habré muerto, claro está, hace años, pero apuesto por ese desenlace: la vida sobre la tierra a punto de desaparecer por culpa de las mismas compañías que dedicaron incalculables esfuerzos y recursos en salvar a los más ricos (naturalmente) de los estragos del tiempo. Me encanta pensar en la idea de un mundo dirigido por unos pocos privilegiados que, libres ya de muerte natural, se ven abocados a un cataclismo del que son responsables.

Un día eres eternamente joven y al día siguiente el Armagedón te atranca la puerta y sopla y sopla.

Un día eres eternamente joven y al salir de casa dos días más tarde no hay relato ninguno que justifique tus actos, ni tus pasos, ni tus dudas y eternamente no existes bajo un calor capaz de sublimar diariamente 580.000 acuarios infantiles con sus peces, artemias, cofres y propietarios. ¿Pensaban que la naturaleza no iba a responder, que sólo ellos poseían el monopolio de la destrucción?

No imagino mejor fin del mundo que ese en el que los más ricos, los filántropos lapa, los funcionarios lapa, los alcaldes lapa, los artistas lapa, los inversores lapa tras esquilmar la piedra de los más pobres para financiar sus egoístas investigaciones sin renunciar a un tren de vida obsceno, logran evitar la vejez y, de paso, causan un agujero como ese de Chile «con un ancho similar al de la Casa Blanca» pero capaz de devorarlo todo, de acabar con todo.

— O sea… ¿Con todo?
— Los diamantes, TikTok, Bach… ¡hasta el gato!

Deseo, en realidad, que estos imbéciles lleguen a creerse inmortales antes de morir, sí; porque eso hace que su muerte sea, al contrario de la mía (que será una muerte de pobre de Magaz de Abajo, liberadora), frustrante; tanto que quizás, quizás, represente el infierno mismo en un segundo último de confusión pánica.

Solo se puede ser eterno en algún lugar capaz de permitir que la eternidad viva, respire y se celebre como concepto y como sinónimo de poder. Y ese momento en el que el ser presuntamente eterno comprende que no es inmortal sin el contexto que destruyó para perpetuarse… ese segundo, esa claridad no deseada en sus ojitos dormilones… me va a dar rabia perdérmelo.

Ya saben lo rara que es la razón; mucho más rara y larga y vieja que un agujero negro del tamaño de un millón de soles o que un diamante tan grande como la sierra de la Culebra; así espero ese segundo suyo tras el cual el olvido ha de dormirnos tan indistinguibles unos de otros como una gamba de otra en la superficie de mercurio (y para siempre juntos). Tan distinto del mío, ese segundo les deseo por diversión (relativamente) malsana, pero también por que se lo merecen, por que sería, de ser, la pizca de sal capaz de mustiar definitivamente la exuberancia de su ambición en la humilde maceta de nuestra revancha: una broma poética, (in)trascendente; como 300 mil millones de imanes de nevera cayéndose al suelo al unísono sin más explicaciones.