El desatrancador

Al tío Jesús se le han salido las lechugas, en serio. Las lechugas se levantan por el troncho y las hojas se ponen duras, como amenazando volverse brazos de un árbol marciano. Se lo contaba a un servidor esta mañana a primera hora, cuando llamó la secretaria del alcalde intentando cambiar la hora de la boda. No y no. No a estas alturas,con cinco días de antelación. Aunque esta mañana bastaba mirar el cielo para saber que el día traería problemas: lechugas que se salen, alcaldes que se escaquean. Un singobierno. ¿No podrían cumplir los alcaldes y estarse en su sitio las lechugas? Aunque sólo fuera por una vez…

— Pero alegra esa cara, hombre, protesta el tío Jesús. – Y mira qué tomates os he traído. ¡Y qué pimientos!

Servidor, a Raquel no le ha dicho nada y, cuando ha vuelto de Ponferrada (de «probarse» y comprar los periódicos) le ha enseñado la valla que ha hecho en las escaleras del jardín, de troncos, a la vieja usanza, para que no se caigan las madres, ni las tías, ni los borrachines que van y vienen. Luego ha abierto un tomate y nos lo hemos comido con sal, y un vermú. Doña Mari ha dejado su ejemplar de Calidoscopio de Estefan Zweig, en la mesa de piedra, y está hablando con el perro Cato. Parece que llegan a un acuerdo y se van a dar una vuelta por la huerta.

— Qué bien esta barandilla, hijo. Luego tienes que pegarme la suela de las zapatillas. Me voy con el perro, que quiere pasear.

Lleva así varios días: le encarga trabajitos a un servidor en cuanto le pilla desprevenido. Y hay que suponer que es su manera de disfrutar más de la compañía de un servidor: le gusta ver que saca tiempo entre tantos problemas para ocuparse de ella.

Hemos comido unos filetes de ternera con pimientos y patatas fritas, detrás de una sopita de habas recién cortadas. La bebida es más complicada: Lucas, Nestea (al limón); Doña Mari, agua; Raquel, cerveza; y servidor un vaso de Pagos de Carraovejas («Cuesta de las liebres», vendimia seleccionada, 2001), un Ribera bien tostado, elegante y firme, que a este paso le va a durar hasta la despedida de soltero. Mejor para un servidor. De postre cuajada, del super, y ciruelas de casa. Para el Café llegan Feli y sus dos guapísimas hijas: Cristina y Rebeca (Balbino, hombre sabio, se ha quedado en casa haciendo la siesta). A Cato ha habido que guardarlo donde los perros hasta que se han ido. Nos quedamos sentados un buen rato en torno a la mesa de piedra. Doña Mari lleva la voz cantante:

– Pues lo que os contaba… que fui a comprar un desatrancador para el baño, en Caprabo, y para probarlo lo pegué en el suelo. Bueno… pues luego no podía despegarlo, por más fuerza que hacía, oye, y, como me daba vergüenza, cuando pasaba alguien lo soltaba y me quedaba mirando la estantería procurando taparlo… Así hasta que ya tiré tan fuerte que se despegó, se me escapó, y se estrelló contra la estantería de atrás. Mira: empezaron a caerse cosas…
– Y te diste a la huida, le interrumpe un servidor.
– De eso nada. Me quedé allí con cara de susto y cuando el encargado empezó a recogerlo todo dije: «¡anda!, un desatrancador, dámelo, dámelo que me hace falta».

El perro Cato la mira con verdadera devoción. Se imagina a sí mismo con el desatrancador en la boca y babea.

Cenamos en la bodega (sobras) viendo Amanece, que no es poco, la película de José Luis Cuerda (Menos Raquel, que ha decidido que de aquí al día cinco va a dormir todo lo que pueda). Doña Mari ha pasado un rato estupendo, y con razón, porque son los 110 minutos más divertidos, tiernos, inteligentes y deliciosos del cine español, porque no la había visto y porque servidor le ha pegado las zapatillas. Luego, lo habitual: cada uno a lo suyo. Doña Mary se ha acostado hace mucho (generalmente se queda dormida leyendo) y lucas habla por teléfono en su cuarto. Servidor se sirve un Glendronach, raro Malta con una historia tan atribulada como la suya (muchos años, pálido, sólido, ligeramente ahumado y rico) y que le ayudará a trabajar un rato. Un par de horas después Lucas sale a devolver el móvil. Pero no se marcha.

— ¿Quieres algo?
— No. Charlar un rato, dice.

La conversación, primero dispersa y desenfadada, termina centrándose en la guerra entre Israel y Palestina. Es estimulante ver cómo puede juzgarse un conflicto sin condenar a los hombres, sin dejar de creer en los ideales de justicia e igualdad. Le gusta a servidor que los jóvenes tengan la inteligencia de distinguir con claridad entre gobernantes y gobernados, eso que, demasiado a menudo, los adultos olvidamos hacer.

— A veces no es fácil solucionar un problema sin provocar otro…
— Sí, como el desatrancador de Doña Mari, contesta.

Servidor da un largo trago de Glendronach. Le gusta este whisky, tiene un buen final.


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