Brutal

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Se va uno acostumbrando a escuchar palabras nuevas, construcciones dudosas y correspondencias imposibles en el discurso público, ese runrún imparable del que solo te libras si estás dispuesto a dar pena.

Se hace uno al redundante lenguaje inclusivo, a la pérdida de tiempo que exige, porque considera que, después de todo, algo habrá que hacer para superar el gran logro que supuso pagar a medias.

Perdona uno el uso de «virulento» por «violento» a pesar de que la pertinaz pandemia debería de habernos acostumbrado a la diferencia, como perdona, ya sin pensar, a los influenciados como a los influidos.

Ha sido uno tolerante «desde el minuto uno» con cada moda o modismo, procurando, «en la medida de lo posible», no corregir más que a sus seres queridos en edad de aprendizaje.

Por dejar correr, deja uno correr las falsas citas, las frases hechas y los tópicos con que tantos y tantas nos ilustran a diario sobre la verdad de las cosas.

Hasta la contra-crítica burguesa se hace pasar ante las narices de uno por ingenioso argumento, y uno… por no significarse… por cortesía…

Miento: por cansancio.

Por cansancio dejó uno de advertir que no vale usar «detentar» u «ostentar» como sinónimos de «ejercer», ni «interfecto» por «interlocutor», que no es lo mismo «asequible» que «accesible».

Me he acostumbrado, es cierto, a que lo que la gente dice y lo que quiere decir no son la misma cosa, y a que la traducción corra de mi cuenta. Pero el día menos pensado empezaremos a redactar leyes con un lenguaje incapaz de separar la ambigüedad de la cortesía, y no saldremos ganando.

Es que llevo unos meses escuchando el mismo adjetivo en distintos ambientes para ilustrar un sin fin de cualidades y calidades que merecen mejor medida: «brutal». A cuento de eso estas líneas: todo es brutal de un tiempo a esta parte.

Una agresión es brutal, una reacción solidaria es brutal, una canción es brutal y una inundación es brutal. El número de muertos es brutal, la cantidad de decretos ley que ha dictado este gobierno es brutal y la presión ejercida por la oposición es brutal. La charla sobre mujeres en la iglesia que dio el otro día Tamara Falcó con motivo del centenario de la Catedral de Burgos fue brutal y hasta este artículo lleva camino de ser brutal.

Casi añoro los tiempos en que las cosas eran impagables, uno se divertía mogollón y tal libro era un tocho.

Les dejo aquí algunos adjetivos que conviene no olvidar a la hora de calificar lo que sea que deseemos calificar: espectacular, redundante, inspirador, desmedido, ejemplar, excesivo, infantil, desproporcionado, vergonzoso, catastrófico, efímero, abusivo, ridículo, inefable, dramático, jubiloso, enternecedor, emocionante, sombrío…

— Vale. Ya lo entendemos, «Castelar».

Se aconseja no utilizar nombres propios a la hora de adjetivar: no diga kafkiano u orwelliano, no diga dantesco o cervantino si no sabe exactamente lo que ha hecho de ellos un adjetivo. Bruto es un nombre propio y desconocer su aplicación justa nos puede conducir a un error brutal.

Adjetivar con precisión nos hace más libres; aunque la libertad de prescindir de ellos dejando que el verbo haga su trabajo no debe asustarnos. Después de todo estamos intentando decir lo que pensamos, no escribiendo poesía.

Personalmente creo que la combinación de una sílaba trabada y un final abierto y sonoro, hace que «brutal» nos parezca poético, brillante y descriptivo, como si describiésemos algo que surge sorpresiva y definitivamente de la sobra a la luz. Podríamos, según esta percepción hedonista del idioma, entender «almorrana» como un amanecer inesperadamente triste e incómodo, o «albarán» como una estimulante sorpresa de invierno. Incluso «ablación» podría referirse a la apertura comprensiva que experimenta el estudiante cuando abandona el prejuicio que le impide acceder a la solución sistemática de un conjunto de problemas.

— El comportamiento de nuestros jóvenes es de una insolidaridad brutal.

La Academia de la Lengua recoge estos cambios, les otorga legitimidad en virtud de su uso (para eso está); pero no todas las palabras pueden servirle a todos los significados a todas horas o terminaríamos hablándonos como los habitantes de ese planeta al que van a parar los protagonistas de una de mis películas de ciencia ficción favoritas (Kin-dza-dza!, dirigida por Georgi Daneliya en 1986) que sólo tenían una palabra para decirlo todo.

El cinismo del alcalde es brutal, la calidad de nuestro nuevo equipo de bomberas robóticas es brutal. Usted, si lo piensa detenidamente, es brutal. El cambio climático es brutal, Jesús Cintora es brutal y que le quiten su programa es una arbitrariedad brutal. La distancia entre lo que los políticos dicen que hacen, lo que hacen y lo que publica el BOE es brutal. Quizás nos guste eso: disponer de un adjetivo tan recio e indiscutible que le hace pensar al otro que tenemos una fe recia e indiscutible en lo que decimos. Lo cual (y lamento estropear el final de este artículo) no es brutal, es patético: da más pena que uno.

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